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COLUMNISTAS


Regálame que yo te regalaré

Andrei Cambronero [email protected] | Jueves 16 noviembre, 2017


Regálame que yo te regalaré

Los romanos dirían que recién pasamos los idus de noviembre, otros que estamos a medio río del penúltimo mes del año y hay quienes aprovechan las promociones, ya no de un Black Friday sino de un Black Month, para ir haciendo la buchaca de regalos de Navidad. Con el aguinaldo, iniciarán las maratónicas visitas a centros comerciales para buscar el “presente ideal” (o el objeto indicado para salir del paso) que se dará a alguna de las personas con quien se mantiene algún vínculo social.

Se avecina la época para “ser dadivoso”, para medir nuestra capacidad de materializar —en un obsequio— el cariño que prodigamos a otros; en fin, para dar sin esperar nada a cambio. Pero, ¿será eso cierto? ¿podremos desprendernos de algo sin querer de vuelta nada? Los más optimistas darán una respuesta afirmativa, otros más perspicaces dirán, también, un sí pero con cierto recelo (saben que las acciones absolutamente altruistas son rara avis) y, finalmente, algunos más sinceros —por no decir políticamente incorrectos— señalarán que no.

En su “Ensayo sobre el don” Marcel Mauss precisa cómo, en sociedades arcaicas, la entrega de regalos despierta el sentimiento de reciprocar lo recibido, al tiempo que se robustecen las relaciones de cooperación. Tal planteamiento resulta interesante porque, en efecto, diciembre se convierte en ese espacio temporal entre noviembre y enero (con todo y su cuesta) en el que nos entregamos a un intercambio para la satisfacción.

Cuando Ud. es receptor de alguna liberalidad se siente halagado, agradecido, y, por lo común, nace —inmediatamente— un compromiso de devolver el gesto. Uno solo no puede sentarse a disfrutar de la donación, pues aparece el ansia por tener un detalle para con quien lo tuvo conmigo antes. Esa obligación simbólica, además, no se salda de cualquier manera: hay que entregar algo de valor proporcional, ya sea en términos pecuniarios o afectivos (por ejemplo, algo “made in home”, o sea hecho por mí, muestra una gran consideración por el otro).

De alguna manera, los lazos —más que ser parte del embalaje— son las ataduras a una búsqueda por complacer a quien se tomó la molestia de detenerse frente a un escaparate y elegir algo para mí.

Ahora bien, ese sentimiento está plenamente justificado en las expectativas del dador: por más que se enarbole la bandera del desinterés absoluto, lo cierto es que siempre se espera algo, aunque sea el “muchas gracias” acompañado de un rictus ojalá cercano al llanto. No faltará quien salte: ¡eso no tiene nada de extraño!, es una regla de urbanidad, es de bien nacidos ser agradecidos.

Tal reacción es adecuada; de hecho, no la cuestiono en absoluto. El punto es que la entrega no es incondicionada, se espera algo que, ciertamente, puede tomar las más variadas formas: desde un agradecimiento, hasta un obsequio similar al que se dio. Así, llegamos al muy famoso principio: no hay almuerzo gratis.

Quien regala, cuando no lo es como reacción a un presente previo, sabe que está cosechando para el futuro, tiene claro que se ha puesto una baldosa en el muro de las lealtades, que tiene a su haber una cuenta por cobrar…

En el pasado, emisarios de reyes llevaban, entre otros, joyas, animales y productos manufacturados a soberanos de diversas latitudes como símbolo de amistad; quien ha recibido tal deferencia lo pensará dos veces antes de atacar, la buena voluntad de quien ha obsequiado debe ser retribuida con pacífica complicidad.

Decir que bajo el árbol o en la bota lo que hay son compromisos delicadamente empacados es una forma de resumir lo expuesto hasta ahora; no obstante, queda un punto por abordar: qué sucede con aquellas personas (las menos me atrevo a decir) a quienes, al dar, no les importan siquiera las gracias que puedan devolverle.

Esa pregunta tiene, al menos, dos tipos de respuesta: una pacífica y la otra —sin duda— polémica. El primer escenario es propio de reconocer almas caritativas, sujetos con un animus donandi predispuesto genéticamente; sí, esta postura va de admitir una posibilidad real (sin trampas) de desprenderse irrestrictamente de algo con alguien.

De otra parte, el plano que puede causar escozor lo compone la tesitura según la cual el obsequioso personaje está, por intermedio del “don”, satisfaciendo algún requerimiento personal. Esta hipótesis supone —como habrá podido deducirse— una traslación del altruismo al egoísmo en el tema; en otros términos, no hay tal gesto desinteresado pues, en el fondo, gracias a eso se puede sostener la pose de “generoso” o legitimarse un autobombo por ser “tan buen amigo, vecino, ciudadano…”.

En suma, nos encontramos en los umbrales de la fase pseudodemencial en la que se cavila acerca de ¿qué le doy ahora yo a fulana? o ¿qué le gustará a zutano?; empero, tras esas divagaciones se esconde una fuerza social que, muchas veces sutil, nos empuja a pensar que los aires decembrinos nos hacen no esperar nada a cambio, cuando —muy en el fondo— deseamos recibir en abundancia.