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Domingo, 18 de agosto de 2019



COLUMNISTAS


Reflexiones: Indignados o molestos ¿de qué?, ¿con quién? y ¿por qué?

Leiner Vargas [email protected] | Martes 09 julio, 2019


Los cambios que vive la sociedad son cada vez más fuertes y sobre todo, disruptivos. La tecnología ha cambiado la forma de ver el mundo y cada vez, el ciudadano está más expuesto a los distintos puntos de vista. La cantidad de información que se genera, desde diversos ángulos, impone mucho cuidado y una forma más respetuosa y coherente de tratar cada uno de los temas. Ya no existen verdades absolutas, ni podemos navegar al amparo de uno o dos medios de comunicación, por más pomposos que estos parezcan. Hoy, la comunicación es un encuentro de redes, redes de amigos, colegas, familiares y conglomerados o públicos integrados a ciertos intereses. Cada quién tiene los suyos, los ahora llamados públicos, son pequeñas comunidades que escuchan cierto tipo de temas y a cierto grupo de personas. Ya no somos más una sola Costa Rica, no sólo por nuestras diferencias de raza, color, clase social; sino que ahora estamos expuestos a nuestras redes e interacciones sociales, mediante las tecnologías de información y comunicación, somos cada vez más diversos.

En este entorno, uno de mis estudiantes me preguntó en la clase, profe, ¿tienen razón los ticos de estar indignados o molestos? Quisiera dedicar esta columna a contestarle esa pregunta a mis lectores, con algunos elementos y reflexiones, intentando ser simple, claro y sobre todo, sincero. Mi respuesta es sencilla, sí. Sí tienen razón los ticos, tal como lo resume mi alumno, pero también he de decirle, que son muchos públicos y sectores a los que genéricamente podemos llamar como ticos, que la molestia es distinta, por distintos temas o percepciones, que no existe una única molestia ni un grupo homogéneo de molestos.

Deberíamos empezar por los niños y niñas, cada día más olvidados en el hogar, cada día más ofendidos ya sea por la discriminación social, la exclusión social, el abandono, el maltrato y la violación de sus derechos más elementales. Cabreados están los adolescentes, que miran a sus maestros año con año perder el tiempo en las aulas, sin hacer ajustes a la forma de educar, dejando correr el tiempo y viendo pasar las oportunidades de formarse adecuadamente. Molestos con la SUTEL y el FONATEL que no han gastado ni un 5% de sus fondos y que desconocen el mínimo de sentido común en sus programas. Molestos están nuestros jóvenes, que miran como se gasta en las torres de marfil y plazas de las universidades, sin pensar en el desarrollo regional y en ampliar la cobertura y el acceso con mayores oportunidades de estudio, de favorecer nuevas carreras y más becas para quienes no pueden acceder a la educación superior.

Molestos están los jóvenes y sobre todo las mujeres, que ven como se les cobra el ser madre en el mercado laboral, que mantiene una desigualdad histórica de acceso a la mujer y a los jóvenes. Molestas están las jóvenes que miran sus derechos violentados en una sociedad que mantiene la doble moral, con instituciones que se niegan a informar con claridad sobre los casos de acoso sexual. Molestos están nuestros adultos jóvenes, que miran como los pocos ingresos adicionales se van en pagar las usureras tarjetas de crédito, de una banca pública que perdió su rumbo y que financia al que no necesita y que carga con comisiones y tasas usureras a los dueños de dichas instituciones, los ciudadanos.

Molestos están los adultos jóvenes, que no encuentran crédito para financiar una vivienda digna, que tienen que pagar la salud y la educación privada de sus hijos, dado que los servicios públicos se han deteriorado de forma galopante. Molestos están nuestros adultos jóvenes, que ven cada día menos la posibilidad de pensionarse, dado que no existen recursos y se agrava la situación de los regímenes de pensiones en la CCSS. Molestos están nuestros adultos mayores, olvidados en medio de las carreras por sostener un ingreso para poder seguir siendo clase media, olvidados por sus hijos, sus hermanos, sus parientes en general. Molestos, dicen algunos, están nuestros agricultores a quienes se les ha olvidado y engañado con falsas promesas por décadas. Molestos están los pequeños y medianos empresarios, que miran cada día más trabas, más impuestos y más difícil el pagar la seguridad social, hueco sin fondo.

Ciertamente, tenemos poco o muy pocos costarricenses que podrían no estar molestos. Molestos están también los empleados públicos, que han sido tratados como los malos de la película, como si la responsabilidad de todos los males fuera de ellos. Molestos están los católicos, los evangélicos, los de la comunidad LGTBI, los limonenses, los sancarleños, los del norte y los del sur, los unos y los otros. Molestos estamos todos, cabreados porque no avanzamos en el país más feliz del mundo, qué a pesar de todo, se ha olvidado de sus ciudadanos y de sus principales necesidades. La gran pregunta entonces es, estamos molestos ¿con quién? y ¿por qué? Sencillo, todos tenemos una molestia en común, la política y los políticos. Estamos cansados de escuchar promesas, de palabras gastadas, de mentiras y de doble moral. Estamos cansados de discursos vacíos, de explicaciones burdas, de la falta de consistencia y transparencia. Estamos molestos con el poder judicial, con la corte, con las contralorías, procuradurías y por supuesto, estamos molestos con la democracia.

Si la voz de un pueblo molesto no es capaz de oírse, la molestia se convertirá en furia y la furia en violencia, no estamos vacunados contra la desesperanza. Estamos entonces, en un punto de inflexión y el país requiere soluciones múltiples y una agenda común, pero no podemos avanzar si no hacemos un alto en el camino y escuchamos de verdad y con cuidado, la voz de nuestro pueblo. Seguir tirando humo o atizando la hoguera del desencanto, sólo nos llevará a mayor descontento. Ya nadie engaña a nadie, ha llegado la hora del dialogo, de la escucha sincera, de la concertación social. Los colectivos son muchos y muy diversos, pero todos merecen la oportunidad de ser escuchados, lo peor sería la señal de la indiferencia.


Dr. Leiner Vargas Alfaro

www.leinervargas.com