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Viernes, 16 de noviembre de 2018



COLUMNISTAS


Realidades del ajuste fiscal

Ennio Rodríguez [email protected] | Martes 10 octubre, 2017


Realidades del ajuste fiscal

La reconstrucción. La tormenta Nate con su estela de destrucción ha dejado la necesidad de reconstruir infraestructuras y viviendas en gran parte del país. En la estrechez fiscal actual, poco podrá hacer el Gobierno. Para ello es necesario realizar una reforma fiscal integral que abra posibilidades para la reconstrucción.

Es impostergable. Los tres poderes de la República, en distintos momentos, han contribuido a impedir el ajuste y consolidación fiscales. Existía un amplio margen para postergar el tener que enfrentar el problema fiscal. Este margen se había construido, por años, con la reducción del endeudamiento del Gobierno central hasta llevarse a menos del 30% del PIB. Este año estamos llegando a un 50%; lo cual, todos los analistas concuerdan, es el límite antes de enfrentar problemas que se pueden volver inmanejables (la carga de intereses se vuelve una bola de nieve de dimensiones cada vez mayores). La única excepción a la regla del 50% son los países cuya moneda es usada como reserva internacional, entonces pueden sobrepasar estos límites pues existe demanda para estas monedas, como por ejemplo el Reino Unido y Japón.

Pues bien, nosotros agotamos el tiempo y el margen de endeudamiento. Esto significa también que despilfarramos recursos irresponsablemente que debimos dedicar a inversiones. Por eso hoy seguimos padeciendo de una infraestructura lamentable y vulnerable al cambio climático; lo cual, además, ha frenado el crecimiento económico y el empleo. Por su parte, la postergación ha hecho que el costo del ajuste sea mayor. Conforme más se posterga el ajuste, el déficit crece y las magnitudes del ajuste son, necesariamente mayores. Si se hubiese hecho el ajuste propuesto durante la administración Pacheco, este hubiera sido de alrededor de un tercio del actual. Como sociedad hemos tomado decisiones irracionales, nos comimos en gastos corrientes lo que debimos haber invertido y aumentamos el costo del ajuste. Además, nos pusimos contra la pared. Hacemos el ajuste o corremos el riesgo de repetir una crisis de magnitudes como las de agosto de 1981. Calificadoras de riesgo, organismos multilaterales, gobiernos amigos e inversionistas nacionales e internacionales, saben que se nos acabó el tiempo y nos observan.

Magnitud del ajuste. Intuitivamente, el ajuste debe ser de tal magnitud que no debamos recurrir a endeudamiento para financiar los gastos corrientes excluido el servicio de la deuda. Esto se conoce como superávit primario. De obtenerse un superávit primario, se podrían destinar recursos de los ingresos públicos al pago de intereses, con lo cual, el tamaño de la deuda total, expresada como porcentaje del PIB, deja de aumentar. Eso es lo que todos observan: si estamos dispuestos a colocarnos en una senda de sostenibilidad fiscal por decisión propia o si vamos a dejar que sean las fuerzas del mercado las que nos impongan un ajuste, tal como se decidió en 1981, cuando entramos en cesación de pagos externos, pues se secó el financiamiento internacional. Los que vivimos y nos tocó lidiar con las consecuencias de la crisis de la deuda externa de los ochenta, no podemos sino alertar que vamos, de nuevo, camino al precipicio. Esta vez sí tenemos que actuar. Pero las decisiones políticas tienen que ser contundentes. Esto no es un concepto difuso que dé espacio al más o menos. La reforma, en su combinación de mayores ingresos y reducción de gastos, debe ser tal que se genere un superávit fiscal.

La determinación de la magnitud del ajuste es relativamente simple. Es un asunto de contabilidad pública. ¿Cuánto tiene que reducirse el déficit fiscal total para lograr un superávit primario? Existen muchos modelos para responder la pregunta, sin embargo, dada la calidad de los modelos de consistencia del FMI en esta materia, normalmente, tanto organismos internacionales, como gobiernos amigos, calificadoras de riesgo e inversionistas van a escuchar detenidamente la recomendación del FMI. Repito, esto no se trata de proyecciones sobre supuestos cuestionables. Es una pregunta simple. ¿Cuánto tengo que reducir el déficit fiscal? La respuesta del FMI es un 3% del PIB. De tal manera que debemos realizar una reforma (combinación de mayores ingresos y reducción de gastos) cuyo efecto sea de tres puntos porcentuales del PIB. El FMI no nos dice cómo hacer el ajuste y consolidación fiscales, eso es una decisión soberana. Eso sí, las propuestas de reforma fiscal integral van a ser evaluadas en su posible rendimiento para determinar si alcanzan el 3% del PIB. También deberemos tomar decisiones sobre una regla fiscal que prevenga que volvamos a repetir la irresponsabilidad fiscal.

Estamos en campaña política y la tentación para algunos candidatos será no querer reducir gastos (alguien sale afectado), o aumentar impuestos (muchos salen perjudicados). Pero, el costo de la inacción es mayor. Como sociedad, la pregunta que debemos hacerles a todos ellos, es ¿cómo plantea usted alcanzar el 3% de reducción del déficit fiscal? Además, debemos pedirles que trabajen para que se llegue a un consenso tal que el resultado final sea un 3%. Ninguno debiera imponerles a los demás sus preferencias ideológicas, es momento de buscar equilibrios. Es la salud económica de la República la que está en juego.

¿Estarán los tres poderes de la República a la altura de lo que demanda la historia para tomar las decisiones de menor costo para la sociedad? El camino irresponsable es pretender que no hacen falta nuevos impuestos, rebajar gastos o minar la constitucionalidad del proceso con argumentos cuestionables. Hoy tenemos muchos actores, pues, además del Poder Ejecutivo, tenemos los candidatos, pero todos debieran incorporarse a un consenso nacional por el bien de todos. Idealmente, debiéramos avanzar en el presente año y quedar la decisión final para el próximo. Postergar la decisión hasta el inicio de la próxima legislatura de 2018, solo aumentaría la magnitud del ajuste necesario, las tasas de interés y los riesgos financieros que correríamos ante quienes nos observan con incredulidad.