Claudia Barrionuevo

Claudia Barrionuevo

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Lunes 1 Noviembre, 2010


Realidad, ficción y reality show


Que la realidad supera a la ficción es una sentencia tan verídica que no me cansaré de repetirla. Que para convertir una historia verdadera en una obra fabulada se requiere mucho trabajo, también es indiscutible. A veces los relatos ficticios resultan poco verosímiles si se apegan a la verdad.
No habían empezado a salir los mineros de los 622 metros bajo tierra que los separaban de la superficie del desierto de Atacama, cuando ya llovían las solicitudes para comprar los derechos de sus vivencias.
Sebastián Piñera convirtió el rescate de los mineros en el mejor reality show de todos los tiempos con más de 60 puntos de rating en los canales de aire y cable de Latinoamérica. Si durante el Mundial de Sudáfrica 2010, se instalaron 50 antenas satelitales, en la mina San José se colocaron tres veces más. Mil millones de televidentes vivieron paso a paso y en directo el complejo proceso de salvamento de los 33.
Yo apagué el televisor después de la salida del boliviano. Aunque el show tuvo sorpresas inesperadas, no era cuestión de permanecer más de 22 horas observando un proceso impresionante, sí, pero repetido, solo sazonado por la salida del carismático Sepúlveda, el “polígamo” Barrios, el ex jugador de fútbol Lobos, Mamani, el único no chileno, o el líder del grupo, Urzúa, que se ganó el derecho a ser el último en salir. Carezco de la energía del señor Presidente de Chile que —por lo visto— adora salir ante cámaras y lo hace muy bien.
El show empezó y debía continuar. En el recién pasado Halloween, uno de los diez disfraces más solicitados en Estados Unidos —a la par del de Lady Gaga— fue el de los mineros chilenos que incluía casco con luz, overol, la bandera de Chile y lo más caro: la réplica de los anteojos Oakley Radar.
Ojalá que el o los largometrajes inspirados en esta historia rescaten algo más que el show mediático, que el milagro del salvamento gracias al desarrollo de la tecnología, que las características personales de cada uno de los protagonistas.
Ojalá cuente algo más. Por ejemplo que la tragedia de los 33 era evitable. Que los dueños de la mina estaban más interesados en los beneficios económicos que en la protección de los trabajadores. Que los mineros no cuentan con una legislación gubernamental que los defienda ante los abusos de las empresas tal como los solicita la Organización Internacional del Trabajo. Que no pueden negarse a realizar faenas aunque no las consideren seguras. Que más de 200 minas abandonadas o paralizadas en Chile amenazan con contaminar con arsénico importantes cauces acuíferos, poniendo en peligro a las poblaciones aledañas. Que de los ingresos totales producidos por la minería chilena solo el 10% permanece en su territorio; el resto —más de $90 millones— sale del país. Que el mismo día del rescate la compañía de la mina San José de Copiacó despidió sin indemnización a cientos de mineros argumentando que estaba en quiebra. Que año tras años mueren muchos más trabajadores en minas latinoamericanas que los que se salvan, sin que los gobiernos pongan límites a los abusos de las empresas que explotan a los más necesitados.
Tema álgido el de la minería. Ojalá que el sorprendente salvamento de los 33 mineros chilenos nos permita superar la admiración tecnológica y mediática y nos lleve a la reflexión social, económica y ecológica. Al menos nuestro gobierno, que no ha condenado aún la minería a cielo abierto, debería hacerlo.

Claudia Barrionuevo
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