Iris Zamora

Iris Zamora

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Lunes 18 Abril, 2016

 ¿Es justa la compasión para quienes nunca la practicaron?

¿Quién decide qué es noticia?… Un cuento

Degustando una taza de café, empezó a leer en su tableta. El asombro aumenta mientras el “pinto” empieza a enfriar. La vista recorre ávida los titulares, los nombres que aparecen le asombran… Aún no entiende por qué están algunos ahí. Aunque al leer el nombre de fulano, gritó: ¡al fin pillaron a este maldito! ¡Se les acabó la fiesta de beatificación, ahora enfrentarán a la opinión pública! Evadiendo impuestos, ¡claro, por eso no quieren el registro de accionistas! Dijeron que éramos los culpables del déficit fiscal, resulta que son ellos, los evasores. Nos lincharon, hurgaron en nuestros salarios, los publicaron, como si dar clases es comparable a esto ¡…verlos expuestos solo es igual al éxtasis de la noche anterior! Sorbo de café, casi frío… mira el reloj, la clase empieza en 30 minutos.
Se acabó la edición. Quiere ver más, necesita oler la tinta, tocar el papel, comprobar que es cierto… Solo han pasado horas y la vergüenza regresa. ¡Allanados! Sin importar la edad, ni sus apellidos. Ahora son visibles. Existen. Se volvieron vulnerables, ahora se parecen a cualquiera. ¡Se acabó el anonimato! Murmura descorazonado: no irán detenidos, hasta ahí no llega la “Justicia”, pero están recogiendo sus vómitos —susurra— mientras sale de casa con sonrisa de venganza…
Al Este de la Ciudad, donde empezaron a migrar. Amurallados, crearon sus ciudadelas hermosas llenas de vegetación seleccionada, senderos en piedra, fuentes de agua, esculturas; espaciosas habitaciones, pinturas de famosos, bares con renombrados vinos y licores, piscinas atemperadas, mucamas vestidas de blanco, que tienen prohibido mirar a la cara a los invitados… En sus lujosas viviendas en medio del olor de habanos Montecristo #4, delicados vasos de cristal que aún contenían algo del aromático Frapin Cuvée 1888, celebraban con regocijo, no hace muchos años, el ulular de las sirenas, las detenciones, los encarcelamientos. Extasiados gritaban los titulares del día, sus editoriales. Festejaban ver las cámaras de TV amontonadas, los enlaces, las unidades móviles, micrófonos, luces, helicópteros. Escogieron juezas. Sus carcajadas, mientras frotaban sus manos y golpeaban, sus finos casimires de satisfacción. Fabricaron para el pueblo “el enemigo”. Provocaron el desconcierto, la desesperanza, la furia, la venganza… El castigo había sido infligido, para eso habían pujado por el nombramiento del ególatra. Estaban seguros, nunca más la clase política, ni empresarial se atrevería, ante ejemplarizante panorama, a negarles sus caprichos… Tiempo para el “mesías”, su próxima llegada ultimaba sus planes…
Mientras escribía en la pizarra, elucubró: la venganza es dulce, solo el primer instante —Sacudió su cabellera— ¿Es justa la compasión para quienes nunca la practicaron? ¿Cuántas vidas destruyeron, cuántas aspiraciones acabaron, cuántas familias destrozaron?... ¿Cuántos brazos torcieron? ¿A cuántas y cuántos usaron? Se dio vuelta, saludó, preguntó a la clase, ¿Conocen la teoría del péndulo?…

Iris Zamora