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Startup parece ser la nueva palabra de moda entre los ticos, ¡y para bien! Quizá fue la taquilla de The Social Network, o simplemente la dependencia que hemos creado a algunas aplicaciones móviles; lo cierto es que hace 5 años startup era parte de una jerga de spanglish reservada para muy pocos, y hoy el término se baraja entre muchos como vocabulario normal.

Pero un startup no es una PYME, y trazar una línea entre ambos parece confundir a muchos, particularmente a los emprendedores que estamos iniciando uno, u el otro. Según el MEIC, las PYMES representan una tercera parte de la economía de Costa Rica y generaron una cuarta parte de los empleos en el país en 2014. Sin lugar a dudas, son y seguirán siendo una pieza fundamental de nuestra economía.
Si definimos entonces PYME como cualquier pequeña y mediana empresa, necesariamente un startup sería un subconjunto de este grupo: es decir, por definición todos los startups son PYMES. Sin embargo, no todas las PYMES son startups.

El término ‘Emprendimiento Dinámico’ parece haberse popularizado en América Latina para definir lo que en inglés se entiende como startup:
Un proyecto innovador en capacidad de crecer de manera rentable, rápida y sostenible en el tiempo.

Un producto o servicio que genera alto valor agregado y puede diferenciarse de otros porque tiene un modelo de negocio innovador que le da una ventaja competitiva –tecnológica o no?—?para convertirse en una mediana empresa* en menos de 5 años.


(Mediana empresa*, según Gartner, es una compañía de 100–999 empleados y/o con un ingreso entre los USD $50,000,000 y $1,000,000,000 anuales).

Esta métrica cuantitativa será el primer filtro para separar startups de PYMES. Una facturación anual en los 8 dígitos requiere un crecimiento exponencial durante los primeros años, curva que muchas empresas-PYMES no podrían soportar ya sea porque su industria, su modelo de negocio o su mercado meta no son de esa magnitud.
Sin embargo, el inmenso potencial de un startup trae consigo una abismal incertidumbre. Eric Ries, el autor del popular (y esencial) libro The Lean Startup define startup como ‘una institución humana diseñada para producir y entregar un producto o servicio nuevo, bajo condiciones de extrema incertidumbre’. El potencial de un startup implica tomar grandes riesgos e invertir aceleradamente para crecer aceleradamente, una de las razones por las que se estima que el 90% de los startups fracasa antes de convertirse en una compañía sostenible.
Se vuelve entonces tentador para cualquier emprendedor considerar a su proyecto un startup.

La historia de Google, valorado hoy en USD $430B o WhatsApp, adquirido por Facebook por USD $19B resuenan en nuestra generación, en especial porque fueron fundados en lo que va del milenio y se han convertido en marcas de uso diario para una gran parte de la humanidad.
Con estos dos ejemplos aparece entonces un nuevo diferenciador: un startup busca un retorno de inversión rápido y significativo para sus fundadores e inversionistas, que requiere de una adquisición, o en casos excepcionales un IPO (initial public offering). Sin adquisición/IPO, el valor de las acciones continuará siendo ‘virtual’, y los inversionistas no tienen la opción de cash out el dinero que invirtieron; es decir, no hay retorno de inversión.
Es por esto que tener una estrategia de salida es fundamental para levantar capital de riesgo: todo fundador de un startup debe tener una noción desde el día uno de a dónde quiere llevar su compañía, y quienes y por qué estarían dispuestos a adquirirla. De esta forma, las PYMES con industrias y mercados tradicionales, que suelen heredarse o que no esperan alcanzar el tamaño suficiente para ser una adquisición interesante, no tienen cabida bajo esta definición de startup.

Otra prueba de este punto se relaciona con las valoraciones a las que se levanta capital de riesgo; los inversionistas de las primeras etapas (los que están tomando el mayor riesgo) esperan un retorno de su inversión de 10x. ¿Por qué? Pues si el promedio de startups que fallan es de 90%, el 1 de 10 que es exitoso es quién paga el fracaso de los demás.
En el caso de nuestro programa para hacer presentaciones Slidebean, levantamos nuestra primera ronda de capital de USD $250,000 a una valoración de aproximadamente $2,5 millones de dólares, o aproximadamente el 10% del capital de acciones de la compañía (esta información es pública en AngelList para quién tenga curiosidad). Esto significa que nuestros inversionistas esperan que la compañía valga (y se venda) por $25MM en el transcurso de 5–7 años, y cualquier resultado abajo de eso estaría por debajo de las expectativas para definir una ‘inversión exitosa’.

Esa es la realidad el capital de riesgo.
Pero hay mucho que las PYMES tradicionales pueden aprender de los startups. El equipo de un startup trabaja a un ritmo sumamente acelerado pues el tiempo está en su contra; un startup usa técnicas disruptivas para crecer su base de usuarios pues necesita ir mucho más rápido que su mercado; y finalmente, un startup suele usar la tecnología como soporte para aumentar sus márgenes y su exposición. Ninguna de estas variables es inaccesible para una empresa tradicional y es por eso que el valor que genera una red activa de startups en el país trasciende las barreras del nicho.

No es la primera vez que hago hincapié en el ecosistema ideal que tiene Costa Rica para proyectar startups hacia el mundo: conectividad, talento humano, zona horaria, cercanía a Estados Unidos… Internet nos permite trascender barreras geográficas para posicionar nuestros productos y servicios, y Costa Rica es la plataforma ideal para hacerlo. Estamos ubicados en el medio de dos culturas/mercados gigantes: el Latinoamericano y el Estadounidense. Crecemos entendiendo claramente cómo razonan los consumidores en ambos mercados, una ventaja competitiva increíble con respecto a muchos países de Sudamérica, por ejemplo.
Finalmente, los emprendedores están empezando a entender que Costa Rica es un mercado muy pequeño para un startup: hay muy pocas industrias en el país donde se puedan facturar $50 milliones de dólares anuales. Es por esto que más y más compañías se están proyectando más allá de nuestras fronteras, con productos y servicios de clase mundial.

Para los startups pensar fuera de la caja debe implicar pensar también fuera de la burbuja que es nuestro país.

Hay 7 mil millones de clientes allá afuera, ¡hay que ir por ellos!


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