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COLUMNISTAS


Proceso eleccionario y democracia

Arnoldo Mora [email protected] | Viernes 24 enero, 2014


Dichosamente los pueblos han comenzado a despertar. En esta campaña somos testigos de ello


Proceso eleccionario y democracia

La campaña electoral es una buena época para medir el grado de democracia real que vive un país. Este grado de democracia se mide no solo por la libertad que goza el ciudadano a la hora de votar y el irrestricto respeto de las autoridades al resultado de las elecciones.
Hay que ir más allá. La democracia electoral no es solo un asunto de un día, el de las elecciones, sino un proceso que se inicia en los partidos escogiendo candidatos, confeccionando programas y excogitando estrategias propagandísticas.
La democracia se mide por la participación efectiva del pueblo en todas las etapas de ese proceso. Ciertamente los candidatos deben ser escogidos entre los miembros activos y con cierto grado de reconocido liderazgo en el seno de los partidos, pero ante todo, deben serlo en función de su honestidad y de su inserción en las demandas justas de los ciudadanos. Porque democracia real solo se da en aquel sistema político que expresa fielmente la voluntad del Soberano.
El poder radica en el pueblo; no es transferible; tan solo se delega por tiempo limitado y para funciones específicas, en tanto se sea fiel a la voluntad del pueblo.
El sistema político que mejor se acerca a este ideal es el que se funda en una democracia participativa. Hacia él aspiran hoy todos los pueblos del mundo, por lo que constituye la mayor “revolución” política, es decir, formal de nuestro tiempo.
Pero la democracia real se da tan solo en aquellos sistemas de gobierno donde su legitimidad se funda en el respeto inclaudicable a los derechos humanos, comenzando por el derecho de disfrutar de la riqueza lograda gracias al trabajo socialmente producido, como lo dice el Papa Juan Pablo II en su encíclica sobre el trabajo (“Laborem exercens”), porque solo el trabajo humano produce riqueza (Adam Smith).
El capital no es un fin en sí mismo sino tan solo un instrumento al servicio del bien común, como no se cansa de repetir la Doctrina Social de la Iglesia desde la Encíclica “Rerum novarum” de León XIII (15 de mayo de 1891) hasta las más recientes y vehementes enseñanzas del Papa Francisco.
Acusar de “comunismo” (¿!) al Partido Frente Amplio por basarse en esas concepciones doctrinales y plasmarlas en su programa de gobierno, denota ignorancia supina e inaudita mala fe.
Ver en eso la influencia de procesos políticos que se llevan a cabo en otras latitudes que aquí han sido demonizadas sin un análisis serio, no es más que atribuir demagógicamente a otros lo que ellos hacen. Ellos son incapaces de pensar por su propia cabeza, porque no han hecho sino aplicar como autómatas las recetas del FMI que el propio Banco Mundial critica por ser la causa del empobrecimiento de las mayorías y del crecimiento exponencial de la desigualdad.
Si hay una actitud apátrida es la de quien va sumiso a cobijarse bajo el nefasto alero del PRI, esa “dictadura perfecta” de que habla Vargas Llosa. En un partido auténticamente democrático solo se reciben órdenes del Soberano.
Dichosamente los pueblos han comenzado a despertar. En esta campaña somos testigos de ello.


Arnoldo Mora

 


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