Andrei Cambronero

Andrei Cambronero

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Jueves 28 Septiembre, 2017

Presencia virtual vs contacto real

Solo la comunicación comunica. Con esa frase suele resumirse la postura teórica de Luhmann, sus sistemas, el entorno, los códigos, la autopoiesis, las oposiciones binarias... sin embargo, los caracteres y las ganas (suyas y mías) no están dispuestos para -siquiera- esbozar ese entramado explicativo.

El punto por resaltar es el acento cuasi autorreferencial de la acción comunicativa: la tecnología ha permitido "acercar" alos individuos dispersos por el orbe; actualmente, se puede tener una charla -en tiempo real- con una persona en casi cualquier parte del planeta, basta tener una conexión a internet.

Hoy Facebook, WhatsApp, FaceTime, Skype, Telegram y hasta Snapchatnos permiten escuchar (cuando no ver) a nuestros interlocutores, así se hallen a miles de kilómetros. Hemos, en algún modo, suturado el abismo espacio-tiempo que nos separa de otros.

Diariamente se hacen negocios, reuniones de planificación, discusiones académicas, los docentes imparten sus lecciones, los amantes se contactan, algunos universitarios discuten de sus asignaturas –y tambiénde alguna fruslería-, todo a través de la red. En sentido estricto, las personas se están comunicando: presencia de un emisor, un mensaje y un receptor (concédaseme esta simplicidad en la exposición del proceso para abreviar).

Todo está bien. El contrato se firma, las compras de programan, el conocimiento fue transmitido, la nostalgia de la separación se ve aplacada, el chisme fue divulgado y, en apariencia, felicidad por doquier. No obstante, ¿estamos dispuestos a que una de las manifestaciones más significativas de nuestro carácter humano se reduzca a la posibilidad trasladar, de punto a punto, alguna información?

En el uso de esas posibilidades tecnológicas tiene la bondad, además, de darnos el chance de introducir filtros, editar respuestas, sustituir palabras por emojis, escondernos, fingir la pérdida de conexión para pensar un poco más reposadamente el punto.  Incluso, si estamos en una supuesta dinámica vis a vis (como decir skypeando) siempre habrá un lente que separa los iris, una postura cómplice que disfraza algún tremor espontáneo, una falsa sensación de seguridad: el otro no puede, aún, meter sus manos por la pantalla y abofetearme.

Ahora, podría creerse que estoy arengando contra aquello que utilizo (y de lo cual me beneficio) todos los días; nada más distante a ello. El llamado de atención lo es para entender esas facilidades como equivalentes funcionales de la tarea de estar frente a otro y no concebirlos, en términos económicos, como sustitutos perfectos.

Mucha agua ha corrido bajo el puente desde que ya no es necesario envejecer a la espera de noticias desde el otro lado del Atlántico; si Kant hubiera contado con la portabilidad cibernética de hoy –probablemente– su caminata matutina en los albores de la revolución francesa no se hubiera estropeado por el cansancio de una noche en vela. Cuán orgullosos debemos estar como especie de haber acortado, como decía, el espacio y el tiempo; cómo no congratularse de los mails, los muros, los twitts y las ciberconversaciones…

Obcecado sería un calificativo pertinente para quien reniegue de las videoconferencias o las llamadas por las tan populares y gratuitas apps; empero, también es lo cierto que existe una gran posibilidad de perderse entre byte y byte.

Los humanos nos podemos diferenciar de otras especies porque necesitamos darle sentido al mundo en el cual vivimos, significar el afuera es parte de las faenas cotidianas de cualquier persona; en ese proceso de racionalización, el estar con otros físicamente permite situaciones placenteras y complicadas. No obstante, en ambos escenarios (lo gozoso y lo doloroso), hay procesos biopsicosociales que no se despiertan en dinámicas virtuales.

Por ello, use WhatsApp tanto como quiera y pueda, sea un orgulloso miembro de la sociedad red. Mas, ¡cuidado! No anule aquello que ha estado presente y fraguado la hominización: el contacto real y las dinámicas presenciales. No olvide que la sensación de echar de menos podrá ser apaciguada con una notificación en la pantalla de su móvil, pero con ello–jamás– podrá aplacarla del todo; el espíritu no estará tranquilo hasta no penetrar, con una mirada profunda, en otro par de ojos. El estar y ser deviene de la presencia real frente a otros; es arriesgarse a la cachetada, pero también al abrazo.