Ennio Rodríguez

Ennio Rodríguez

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Martes 16 Enero, 2018

Por un voto racional

Ennio Rodríguez

El psicólogo Daniel Hahneman recibió, junto con Vernon L. Smith, el premio Nobel de Ciencias Económicas en 2002 y, en 2015, The Economist lo nombró, sin ser economista, como uno de los siete economistas más influyentes en el mundo por su trabajo; el cual determinó el nacimiento de la economía del comportamiento.

De acuerdo con Hahneman, cada decisión es una batalla entre la intuición y la lógica y la parte intuitiva es muy poderosa. En consecuencia, “nuestras creencias, deseos y esperanzas no se anclan siempre en la razón”. Según la Dra. Laurie Santos, esta ha sido la estrategia que ha permitido la supervivencia de la especie durante 35 millones de años. ¡No será simple cambiarla!

Las investigaciones de Hahneman muestran que la mente humana incurre en falacias y errores sistemáticos (sesgos) en sus decisiones. Entre ellos, y las investigaciones al respecto siguen aumentando, se encuentran los siguientes sesgos: hacia el momento presente sin preocuparse por el futuro (y, agrego, ni tomar en cuenta la historia); la confirmación, la tendencia a buscar la información que confirma lo conocido o creído (agrego, profundamente agravado por las redes sociales que, además, amplían la posibilidad de difundir verdades alternativas); el negativo, se recuerdan los eventos negativos con mayor facilidad que los positivos; y, se siente más fuertemente el dolor de perder que el placer de ganar, entre otros.

Debemos ser conscientes de estos sesgos y, para ello, la educación debe contribuir a fortalecer el uso de la razón y la conciencia de los sesgos de la especie a la hora de tomar decisiones. El problema es que el sistema intuitivo es rápido y demanda menos energía que el lento sistema lógico; por lo tanto, privilegiar el uso de la razón demanda educación y disciplina.

Como sociedad, la alarma es fortísima para la democracia y los procesos de elección. Crecientemente la razón y las evidencias debieran dominar las decisiones, pero, sobre todo, debemos ser conscientes que, como votantes, estaremos influidos por los sesgos que limitan nuestra racionalidad; estaremos dominados por el presente, la información se filtrará por nuestros cerebros y se buscará aquella que confirme creencias, y el dolor de las pérdidas pasadas se recordará más claramente que las alegrías. En general, debemos cuestionar siempre los fundamentos empíricos y racionales de nuestras creencias.

Directamente, en los estudios sobre neurociencias y el comportamiento electoral, los resultados son coincidentes con lo anterior; Drew Westen concluyó que “el cerebro político es un cerebro emocional. No es una máquina desapasionada buscando los hechos, cifras y políticas para realizar una decisión razonada”. Otros estudios en neuromarketing han encontrado diferencias en el funcionamiento del cerebro de acuerdo con el género como, por ejemplo, la mayor capacidad de las mujeres para percibir el todo y el de los hombres para sistematizar; así como diferencias etarias, los jóvenes tienden a tener reacciones más emocionales que los de mayor edad. Estos estudios presentan fundamentos para segmentar los mensajes políticos. Es decir, las conclusiones de las neurociencias también pueden tener aplicaciones prácticas.

En definitiva, ahora que se acerca una importantísima elección nacional, en especial por cuanto el país se aproxima a una severa crisis económica de no tomarse decisiones valientes, debemos procurar que la decisión electoral sea informada, y no basada fundamentalmente en prejuicios o emociones negativas. ¡Especialmente, no dejemos que manipulen nuestras emociones! En política, así como en la vida cotidiana, debemos educarnos en la objetividad para superar herencias atávicas asociadas con la evolución de la especie, que hoy debieran evolucionar en la dirección de la racionalidad en la toma de decisiones. Debemos reconocer que, si bien las emociones son parte de nuestra naturaleza, debiéramos aspirar a que las decisiones importantes cada vez más tengan un mayor fundamento racional. Por nuestro futuro como país, aspiremos a un voto racional el 4 de febrero.