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¡Por la supervivencia!

Urge vivir; después vendrán las decisiones

Luis Rojas
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Tras el drama, más que la calma llegó la resignación. La selección borró del casete la polémica, reseteó las decepcionantes imágenes del pasado sábado y puso “play” hacia la única salvación posible a esta situación: ganarle a Granada el próximo sábado.
Al técnico Hernán Medford se le borró el brillo en sus ojos, se le apagó la sonrisa y su espíritu guerrero pareciese naufrag
ar, mostrando ahora un rostro de horas contadas que lo dice todo. Pero el mundo no se detuvo, él sigue en el banquillo y como guardaespaldas llegó Carlos Watson, a susurrarle al oído dizque algunas de aquellas cosas que Hernán no ve a la luz del día.
Ayer fue un día de regresos también. La vuelta a la acción de Alvaro Saborío y Cristian Montero anuncia que podría ser un sábado diferente en la gramilla del Ricardo Saprissa. El primero a definir y el segundo a tratar de poner claridad y orden a una defensa que todavía está buscando a uno o dos granadinos que nunca vieron.
No obstante, en la ofensiva, la Sabosolución no tiene sentido, si a las espaldas del goleador que acostumbra votar sei
s y hacer dos (ojalá invierta esas cifras el sábado) no existe un grupo que muestre lo que escondió en Granada; un sistema de juego, un norte, un organizador, movimiento por las alas, inteligencia por el centro, chispa en el enlace. Se dice que Celso Borges calzaría por ahí.
Pero la selección necesita más que fútbol para vencer a Granada; la “Sele” requiere motivación y de la buena; ya no está el tipo aquel que para la eliminatoria de 2002, estampaba los cuartos de los jugadores con consignas, incluso algunas tan locas como que podíamos ser mejores que México, en el Azteca; ¡qué locura!, decíamos entonces; ¡qué increíble, recitábamos después de aquel gol de Medford! Esa hambre de triunfo, esa ilusió
n de victoria la requerimos ahora, no pensar en ganarle a Granada, sino creérselo.
Mientras tanto, en la federación doblan los dedos por el otro elemento, el que nos faltaba, el que se sienta en las graderías.
El hincha no come cuento, está disgustado y su bronca es entendible. Tanto esperar la eliminatoria y le dicen que el show podría durar una semana. Al final asistirá, porque en sus venas corre masoquismo futbolís-tico; a él le gusta vivir de las angustias y de los pelos en el alambre; los del “Sapri”, que son de los que menos sufren, lo hacen en Concacaf; los de la Liga, viendo como les gana el “Sapri”; los de Heredia siempre subiendo como la espuma y bajando en tobogán; los de Cartago sumando décadas y rezando por el milagro; por ello el sufrimiento colectivo de ver a la sele dando tumbos no es nada nuevo ni desconocido.
Así las cosas, el sábado Costa Rica vivirá nuevamente la ceremonia del fiestón. La gente se pintará el rostro, los bares estarán llenos y los revendedores pretenderán hacer su agosto; si se gana lo demás es conocido; si se pierde un aullido de dolor rasgará la noche; no será el aficionado que llora, ya está acostumbrado, serán los dueños de las agencias de viajes, los jefes de los megabares, los vendedores de camisetas, vinchas y cornetas; los dueños de los programas deportivos de radio y televisión, buscando una explicación a sus patrocinadores; la prensa deportiva que ya no podrá viajar, ¿cuántas pautas se perderán? ¿Cuántos millones se esfumarán? Los equipos ya no tendrán premio y la Fedefútbol quedará casi quebrada.
Mientras la selección se prepara para el sábado, en Granada un equipo está contento porque conocerá Costa Rica.
Ellos no se sabían tan buenos como resultaron ser; o no pensaban que el león, era solo un lindo y dulce gatito, al rato, tal vez solo a algunos pocos se les debe haber ocurrido que ellos fueron, lo que el rival les dejó ser.
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