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Jueves 13 Agosto, 2015

Hay espacios para ajustar las políticas dentro de ciertos rangos aceptables, por suerte no en todos los casos es una decisión de todo o nada

Ciencia lúgubre

Polémica sobre la política cambiaria
El comportamiento que ha mostrado la cotización del dólar estadounidense desde que se abandonaron las minidevaluaciones —en octubre de 2006— no deja cada cierto tiempo de crear discusión y polémica —y, por tanto, presiones políticas y de grupos de interés sobre el Banco Central— en torno a si es posible, necesario y justificable la adopción de algunas medidas para tratar de influir sobre este importante precio en la economía.
La autoridad monetaria argumenta que, si pretende cumplir con su mandato de inflación baja, en el actual esquema de metas de inflación, requiere que el tipo de cambio sea determinado lo más libremente posible en el mercado.
Los que cuestionan al Banco Central —descontextualizados e influidos por las políticas expansivas de emergencia que han adoptado algunas economías avanzadas y que han implicado una fuerte caída en el valor de sus monedas— quisieran ver mayor expansión monetaria y una caída en el valor del colón para, en teoría, lograr un mayor crecimiento económico.
De alguna manera, la discusión pública sobre este tema ha sido poco estimulante y constructiva. Hasta el momento los espacios para que ambas posiciones converjan han sido prácticamente inexistentes, por la violenta crítica de unos y la ortodoxia de otros.
Lo cierto es que hay espacios para tomar temporalmente acciones que impidan o reviertan la tendencia a la apreciación del colón, sobre todo si es provocada principalmente por las bajísimas tasas de interés y la elevada liquidez de los mercados internacionales, en un contexto interno de elevado déficit gubernamental.
Estos dos factores son, probablemente, los dos elementos que más han contribuido a que en los últimos años, los ingresos de capital externo resultaran sumamente elevados y por tanto, condujeran a la revalorización del colón.
Actuar tiene un justificación sencilla, si la causa del problema es temporal y financiera, no tiene sentido permitir que la apreciación real de la moneda local genere dramáticos ajustes en la rentabilidad relativa de los sectores transables (exportaciones y competidores de importaciones) y no transables.
Permitirlo implica someter a un estrés intenso a una buena parte de las actividades económicas locales, a la generación de empleo y poner en peligro el crecimiento de mediano y largo plazo en la medida en que el comportamiento cambiario conduce a una asignación distorsionada de los escasos recursos de inversión locales.
Pero por otra parte, es también un error creer que tratar de influir sobre el tipo de cambio no implica costos. Una política cambiaria que pretenda depreciar más intensamente el colón —por ejemplo, a través de una mayor compra de divisas por parte de la autoridad monetaria— tendría ciertamente un impacto sobre la inflación o sobre las pérdidas del Banco Central.
Al final del día, como cualquier decisión de política pública, idealmente debería ser la comparación entre los costos y los beneficios de una medida —tanto en el corto como en el largo plazo— lo que determine su adopción. Y hay que entender que hay espacios para ajustar las políticas dentro de ciertos rangos aceptables, por suerte no en todos los casos es una decisión de todo o nada.

José Luis Arce