Humberto Pacheco

Humberto Pacheco

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Martes 26 Mayo, 2009


TROTANDO MUNDOS
Pobrecito Tico

La infaltable y leída columna La Machaca la pifió totalmente con lo de “Salvo que la Ministra crea que los pobretones no tenemos derecho a tener un autito.” En típica auto-lástima tica, se lamenta de que Riteve no le permita salir a la calle a envenenar chiquitos, ancianos y adultos, como a sí mismo y a su familia, con un humeante “autito”, eso, sí no a convertirse en un potencial asesino con un artilugio con malos frenos, mala dirección ó llantas lisas.
Nos recuerda al Oficial de Tránsito que nos detuvo en la entrada de Palmares porque veníamos un poquito más rápido que la muy reducida velocidad permitida y en eso pasó un bus repleto de personas como alma que lleva el Diablo. Ante nuestra conminación de porqué a él no lo multaba, nos contestó que el “pobrecito” chofer llevaba 20 horas trabajando sin dormir y por eso no podía sancionarlo. Cuando le preguntamos que cómo no lo bajaba del bus antes de que por agotamiento causara una matanza, que adentro venían 60 chiquitos, ancianos y adultos cuya vida dependía de ese temerario individuo, admitió que “no había pensado en eso”. Un “pobrecito” a cambio de 60 vidas, por lo visto, le salía barato.
Hay quienes siguen sin entender que conducir un auto es casi tan peligroso como manejar un arma. Que es una muy seria responsabilidad. De la filosofía de una democracia mal entendida se deriva que el índice de carnicería en nuestras carreteras sea tan alto. Son instantes para que un conductor cause estragos con la vida de los demás y luego busque escudarse en que le fallaron los frenos, ó peor aún, se de a la fuga con el patrocinio de la Sala Cuarta.
Quien no cumpla a cabalidad con el deber de darle mantenimiento, no debe tener un auto. Los frenos no fallan. Falla el abandono en que mantienen sus “autitos” las personas que no entienden la muy seria responsabilidad que es mantener y conducir un vehículo. Fallan los “autitos” que- antes de Riteve- pasaban el control con una chisa, echándole aditivos al aceite, socando un par de tuercas ó poniendo zapatas peligrosísimas en llantas lisas, ó los que, ya bien pasados sus días, no vieron nunca un anillo nuevo ni en revistas, en un país en el que la palabra mantenimiento se eliminó del diccionario, y aún así se las da de ambientalista.
Es necesario llevar la revisión a niveles internacionales sin contemplaciones, como lo venía haciendo la señora Ministro hasta que la presionaron para que aflojara “un poquitico”, para que los furgones de propietarios irresponsables “que se quedan sin frenos” a velocidades temerarias y cargados más allá de la ley, al menos estando en buenas condiciones mecánicas tengan menos chance de causar accidentes mortales como los que vemos casi a diario.
En otro contexto, la obsesión politiquera con el tema de los beneficios laborales llevó a algunos diputados a querer incluir las propinas de los saloneros como parte de su salario, para el cálculo de la liquidación de prestaciones. No puede haber un desparpajo igual; el patrono no tiene obligación legal alguna respecto a ese pago, que no sea la de recaudarlo y distribuirlo a sus empleados. Ya él les paga su salario de ley. La propina la dan directamente los usuarios.
Estamos de acuerdo con que el obligatorio emolumento se eleve al 15 por ciento, como en la mayoría de las naciones desarrolladas y, desde luego, con que se sancione al patrono que retenga indebidamente esos fondos, que los hay, pero querer imponerle obligaciones sociales adicionales, resultantes de un pago de terceros, es injusto y absurdo.
Sin duda, está es la tierra del pobrecito.

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