Pedro Oller

Pedro Oller

Enviar
Martes 20 Noviembre, 2007

Paz en las carreteras

Pedro Oller


Bajo el lema “Construyendo una cultura de paz en las carreteras”, el Consejo Nacional de Vialidad tiene un Plan Estratégico de Seguridad Vial que abarca de 2007 a 2011. El plan, si bien no entra en conflicto con el proyecto de Ley de Tránsito que se discute en la Asamblea Legislativa, para mi sorpresa ni siquiera lo menciona. Esto, a pesar de estar enmarcado en el Plan Nacional de Desarrollo de la administración Arias y, como se reconoce en su introducción, tener por objetivo “aplacar el flagelo de los accidentes de tránsito que hoy por hoy constituyen la primera causa de muertes violentas en el país (…)”.
Estas es solo una de tantas de nuestras contradicciones. De cómo respecto de un mismo tema no jalamos parejo y, en esa descoordinación, perdemos tiempo y oportunidades para avanzar y materializar las buenas intenciones que pavimentan el camino al infierno. Pero hay otras.
Señores propulsores del Plan y la Ley de Tránsito: ¿Por qué los oficiales de tránsito brillan por su ausencia en nuestras carreteras? Pregunta de rigor y de estupor: Alguien (o muchos) no está(n) haciendo su trabajo.
El sábado, por ejemplo, crucé la ciudad completa (de San Pedro a Santa Ana) sin ver ningún tráfico. La hora era más que propicia para verificar niveles de alcohol en los conductores (11 p.m.) y el día más que oportuno. No sé si alguien podrá decirme a dónde están recluidos los oficiales de tránsito un sábado por la noche. Pero la verdad sea dicha, en lo que va de este gobierno parecieran estar escondidos. Igual sábado que martes, solo llegan cuando uno choca.
Las cifras hablan por sí solas. El CONAVI según publicó el Estado de la Nación en sus estadísticas, para el pelo: hasta setiembre de este año, los accidentes de tránsito provocaron 255 muertes (287 según lo que manifestaron los padres de víctimas en su marcha del viernes). Esto es, en números reales y trágicos, 27 más (sin incluir los informados el viernes) que en el mismo periodo del 2006, cuando se reportaron 228 decesos. Imposible de obviar.
De la que más nos ha golpeado, la de Natalia Trejos quien murió junto a otros dos jóvenes a manos de un inconsciente que, no solo borracho sino en fuga, impactó su carro nada más que para arrancarles la vida. Muchachos buenos, llenos de vida y de ilusión que venían de hacerle un bien a esta sociedad tan malagradecida.
Sus padres impulsan el proyecto de nueva ley de tránsito, les acompañan muchos que también han perdido a seres queridos a manos de un poco de irresponsables. ¿Por qué no redirigir fuerzas a lo más simple y, valga decirlo, a lo posible y efectivo según las capacidades demostradas? Con los oficiales de tránsito en las calles, el país bajó en 2004 (honor a quien honor merece, ¡bravo Ignacio Sánchez!) de 620 —por cada 100 mil habitantes— las muertes que el año anterior había registrado a 585. Unico e histórico. Cifra que para nuestra vergüenza volvió a subir en 2005 a 619 (bajo el mismo supuesto) y a 685 en 2006, que este año vamos a batir sin reparo.
Pero, ¿si los actores son los mismos (don Ignacio está ahí, así ande de viaje según reportan las publicaciones del corazón. Doña Karla está ahí. La secundan buenos actores como doña Viviana y mi tocayo) entonces, ¿por qué no estamos implementando la misma receta? La verdad, de preguntas —y no de buenas intenciones— debería formarse esta columna de martes. ¿Necesitamos de más leyes o de personas que estén dispuestas a volver a aplicarlas? La respuesta es evidente. Los resultados también. Natalia, Daniel, Carlos Alberto, Esteban y tantos otros nos recuerdan con su muerte que la vida es el valor por cuidar. En especial ahora que vienen los meses más difíciles.