Tomas Nassar

Tomas Nassar

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Jueves 26 Agosto, 2010


Vericuetos
Pasar a la historia

San José es, como dijo el ex presidente Oscar Arias en una entrevista publicada el lunes pasado en este periódico, una ciudad fea. Tan fea que los turistas comentan que preferirían volar directamente a las zonas de playas y volcanes evitando el paso por esta triste capital que no es capaz de dejar más recuerdo que su caos urbano, caracterizado por buses contaminantes, una sucesión interminable de construcciones viejas y polvorientas que resisten milagrosamente de pie el paso de los años y una pléyade de transeúntes que hormiguean por aceras y bulevares.
Si fuera usted un turista que quiere pasear pausadamente por el centro de la ciudad, como lo haría en la mayoría de las capitales del mundo, y sentarse a saborear un buen café tico en algún sitio plácido a la vera de la calle, ¿a dónde iría? ¿Donde se pueda sentar simplemente a ver a la gente pasar?
Y no digamos ya, si quisiera hacerse fotografiar con el fondo de un edificio emblemático, de esos que representan la nacionalidad y el espíritu de un pueblo.
Parece que en San José, salvo el Teatro Nacional, evidencia viviente de que las obras pueden representar ese “espíritu popular”, no existe ningún otro lugar donde se pueda descubrir el alma de nuestra nacionalidad, la visión y la fortaleza de nuestros antepasados.
Esa condición de ciudad caótica no me parece que sea el resultado inapelable de un designio divino, como tampoco creo que San José deba resignarse a su patética fealdad ni que los josefinos debamos renunciar a la aspiración de que nuestra capital sea remozada y de que se construyan obras y se ejecuten proyectos ambiciosos como en su momento fue el Teatro al que, al parecer, algún autor español (nunca he sabido quién) quiso resaltar con la fatal sentencia de que San José es una aldea alrededor de un teatro.
No puedo negar que soy un josefino triste pero ambicioso, que no me conformo con mi ciudad ni me resigno a tener que renunciar a un San Chepe altivo y presumido. Confieso tener envidia de los habitantes de ciudades bonitas y reconozco que me resisto a creer que los ticos no somos capaces de emular lo que muchos otros pueblos, incluso pequeños y pobres como nosotros, han logrado construir.
Por eso comparto sin ningún reparo, como un sueño posible, la ilusión de un Centro Cívico, alrededor del Parque Nacional, donde se lleguen a ubicar algún día la Presidencia de la República y otras entidades del Estado en un gran complejo urbano que represente lo que los ticos creemos y queremos que debe ser nuestra ciudad capital.
Estoy seguro que los actuales gobernantes, quienes tienen la responsabilidad de conducir el país y la posibilidad de tomar decisiones con carácter de futuro, tienen la misma madera y el mismo orgullo nacional que tenían los cafetaleros que un día decidieron legarnos un magnífico Teatro Nacional, y no albergo duda alguna de que esos políticos y políticas de nuestro país son plenamente conscientes de que pueden pasar a la historia por ser nuestros hombres y mujeres visionarios y generosos que nos dotaron de ese gran Centro Cívico Nacional que queremos y merecemos.
Ojalá que quienes tienen la posibilidad de hacerlo una realidad se atrevan a creer.

Tomas Nassar