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Parlatica

Abel Pacheco [email protected] | Lunes 27 septiembre, 2010



A la muerte la llamamos la pelona y el cementerio es el “Barrio de las Patas Frías”. Morirse es “cerrar el paraguas”, “Patear el balde”, “quedar sembrado y viendo el zacate por debajo”, o bien “entregar el equipo”.

Parlatica

Son famosos los mexicanos por su forma valiente y humorística de enfrentar y aceptar la muerte.
“La Calaca”, le dicen a la figura de esqueleto que la representa, y hacen caricaturas que son verdaderas obras de arte con las calaveras vestidas de militares, charros, personajes políticos, toreros, mariachis, lo que a usted se le ocurra.
Fabrican también marionetas con osamentas articuladas para adornar sus casas y los chiquillos representan con ellas funciones teatrales espontáneas e ingeniosas. Quizá es bueno familiarizarse con el macabro personaje y perderle el miedo desde temprano.
Para el Día de los Santos Difuntos, en las panaderías venden cráneos hechos con azúcar que llevan dibujados en la frente los nombres más populares de hombres y mujeres, y uno compra para regalar o para consumir como golosina preparante y premonitoria.
Más de uno de estos postres, con un artístico Abel en la calva reluciente impreso, consumí cuando por aquellas hermosas tierras yo vivía.
Hacen bien, la risa mata el miedo.
Pero nosotros los ticos no nos quedamos atrás y aquí también abordamos con humor lo inevitable.
Así, a la muerte la llamamos la pelona y el cementerio es el “Barrio de las Patas Frías”. Morirse es “cerrar el paraguas”, “Patear el balde”, “quedar sembrado y viendo el zacate por debajo”, o bien “entregar el equipo”. No se puede negar que somos macabramente ingeniosos y divertidos.
Una vez, cuando mi Padre (q.d.D.g.) estaba en su lecho de muerte y vio venir de visita a mi hermana, la que se caracteriza por su alta y eléctrica nerviosidad, paró los ojos en blanco y fingió una convulsión.
Había que ver a la pobre mujer tirar regalos y golosinas para arriba y salir corriendo espantada en busca de ayuda médica y Divina.
Papá nunca perdió su gran sentido de humor. Fue esta una de las grandes lecciones que nos dejó por única, pero apreciada herencia.
Pero volvamos a nuestra manera tica de relacionarnos con la parca, y recordemos los títeres de la infancia, donde con frecuencia al final de la obra, y acompañada por un estrepitoso chiflido aparecía la muerte, le daba a Pantaleón o a otro títere tremendo garrotazo, y se lo llevaba chiflante, mientras nosotros los güilas soltábamos la carcajada y nos queríamos morir, pero de risa.
También evoquemos aquella terrible calavera que, acompañada del diablo, la giganta, los cabezones y otros “espantos”, perseguía y aún persigue a la chiquillería por nuestras calles en nuestros festejos.
Así, de risa en risa, nos vamos haciendo a la idea de que solo estamos aquí de paso…
Cuando llegue la hora, quisiera irme con una sonrisa, como mi valiente y ejemplar padre.

Abel Pacheco

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