Tomas Nassar

Tomas Nassar

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Jueves 13 Mayo, 2010



La forma inusual y desproporcionada en que se ha planteado y se coincide en impedir la evidencia religiosa de la profesión del Islam (en España) muestra una crispación de la que no puede esperarse nada bueno

Vericuetos
Olé por la tolerancia

Durante un “talk show” de la cadena local Antena 3, en Madrid, un sujeto se revolcaba literalmente con una prostituta llevada ex profeso al set para disipar, ante sus primos, cualquier duda sobre su preferencia sexual; un (a) transexual ofrecía a su amigo la posibilidad de tener relaciones con un tercero, también presente, para interrumpir su abstinencia de dos años; y una mujer latina profería una indescriptiblemente vulgar verborrea sexual con respecto a las dotes y cualidades de su pareja, con quien llevaba algo así como un mes de relaciones delirantes.
En ese mismo canal el centro del escándalo de la noche era el apoderado taurino que condicionaba el éxito de los jovencitos de 12 y 14 años a la complacencia de sus apetitos, situación que, decían los testigos entrevistados, era vox populi incluso para algunos de los padres de los candidatos. Los investigadores narraban como indescriptibles los abusos y como inexplicable el silencio colectivo ante lo que era una realidad a voces.
El presentador repetía incansable que no cuestionaba los gustos del representante sino la tierna edad de sus víctimas.
La noche anterior las cámaras dedicaban su espacio a un par de jovencitos que, visiblemente alterados emocionalmente, casi a punto de llorar, narraban como habían sido discriminados por un grupo de “viejos de 50 años” que les habían invitado a salir de una fiesta privada por estar besándose apasionadamente, derecho humano inalienable que la presentadora defendía acaloradamente y que los afectados pretenden les sea reconocido en la querella que iniciaron en los juzgados españoles.
Estas son escenas reales de hace dos semanas en la tele madrileña.
Es un gustazo. La libertad y los derechos humanos llevados a su máxima expresión.
En sentido contrario, en esos mismos días, la prensa del país daba cuenta sobre Najwa Malha, una joven de nacionalidad española, de origen marroquí y musulmana de religión, que tuvo que cambiar de colegio porque en el suyo se le prohibía acudir vistiendo el hijab.
El enfoque de los debates televisados sobre el tema de Najwa fue el riesgo de la transculturización, esa especie de contaminación indeseable que producen algunos grupos inmigrantes a los que se les pretende obligar a dejar sus raíces, sus tradiciones, costumbres y religión en sus países, en pro de la “integración”, ese tipo de filtro en el que se depurarían todas las falencias del ser musulmán, africano, negro, chino o cualquier otra cosa que luzca diferente.
En esa España justa y libre fue despedido por “pérdida de confianza” el funcionario que había emitido un informe oficial en el que se sostenía que el uso del hijab o la muestra de cualquier símbolo religioso no era ilegal ni atentaba contra los buenos valores de la ciudadanía peninsular.
Algo pasa en España, algo que contraría esa nación ejemplo de tolerancia y de respeto. La forma inusual y desproporcionada en que se ha planteado y se coincide en impedir la evidencia religiosa de la profesión del Islam muestra de una crispación de la que no puede esperarse nada bueno.

Tomás Nassar