Claudio Alpízar

Claudio Alpízar

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Jueves 21 Abril, 2016

 Ciertamente ese ogro “filantrópico” costarricense tiene hijos malcriados con grandes privilegios en los sectores público y privado

Ogro Filantrópico y políticos vanidosos 

El Estado costarricense, en especial el Poder Ejecutivo, más que grande es asistémico. Un archipiélago de islas con tres pecados: primero, desconocimiento de los instrumentos “de vuelo” de quienes gobiernan. Segundo, mala interpretación de la acertada desconcentración política y descentralización administrativa promovida por la Constitución Política. Y tercero, prostitución de las juntas directivas en entes que debieron ser desconcentrados y terminaron acreditados con ocurrentes autonomías que atomizan al Poder Ejecutivo.
Mi admirado Octavio Paz, Nobel de Literatura, escribió un ensayo que luego terminaría en libro, lo tituló “El Ogro Filantrópico”. Se refería al funcionamiento del Estado mexicano, lo definía como un monstruo de cabeza pequeña y cuerpo grande, glotón de los recursos estatales, poco productivo y beneficiador de unos pocos. La palabra “filantrópico” acompaño al ogro de Paz como una ironía, no como una bondad.
El Estado de Costa Rica creció en forma desproporcionada, los amiguismos políticos crearon instituciones a la medida para algunos colaboradores que consideraban que es el “sobrero” lo que da distinción y reconocimiento, no los resultados.
La Asamblea Legislativa —culpable de legislar para debilitar al Poder Ejecutivo— debe promover la Reforma del Estado como un trabajo en equipo. No es con la vanidad de presidir una Comisión de Reforma del Estado sin resultados, o creando proyectos legislativos personales con nombres pomposos como “CERRAR” o “Gobernar sin Excusas”, como se reformará. Los actuales diputados tienen 730 días de verse en forma continua, muchos se conocen con virtudes y defectos de varias décadas atrás, pero no pueden dejar atrás sus vanidades para trabajar un proyecto serio y en común.
Paz le daba a su Ogro Filantrópico tres defectos: estatismo, populismo y autoritarismo. Costa Rica solo padece los dos primeros. Pero cuidado, porque la desesperanza y frustración ciudadana en ocasiones pide un brazo fuerte y autoritario como única solución a la impericia y pocos resultados de los gobernantes.
Ese desarrollo que en algún momento parecía que llegaría a Costa Rica como primer sitio en América Latina, fue entorpecido por un estatismo cargado de paternalismo y del despilfarro de recursos que no solo tienen en rojo los números de la economía, sino que sonrojan con resultados sociales y la pobreza aumentando. Ciertamente ese ogro “filantrópico” costarricense tiene hijos malcriados con grandes privilegios en los sectores público y privado.
Empero, no es con acciones aisladas y buscando la atención mediática como algunos diputados lograrán los cambios. Si de ogros se trata, el ogro legislativo es un monstruo de 57 cabezas. La desidia, la arrogancia y las vanidades internas no han permitido apreciar los aportes de pasadas Comisiones de Reforma del Estado Costarricense (COREC) o de Juntas de Notables. Todos sueñan con inventar el “agua tibia”.
Parece que gobernar sin excusas discurre más por cerrar instituciones que por ordenar al Estado; con ocurrencias como limitar a 12 ministerios que podrían cambiar de nombre cada cuatro años o de escoger los ministros por medio de concursos de antecedentes públicos, promoviendo una mayor asimetría del Estado costarricense. Al final de cuentas la verdad la escribió León Tolstói —en 1869— en su célebre obra La Guerra y la Paz: “Es muy fácil escribir leyes, pero gobernar es difícil”.

Claudio Alpízar Otoya