Obvio tributo a la vida
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Obvio tributo a la vida

• El buen desempeño de Eduardo Verástegui, engalana un drama chicano con alma de culebrón

Bella
(Bella)
Dirección: Alejandro G. Monteverde. Reparto: Eduardo Verástegui, Tammy Blanchard, Manny Pérez, Ali Landry. Duración: 1.31. Origen: México-EE.UU. 2006.
Calificación: 6.

Ganadora del codiciado premio del público en el Festival de Toronto 2006, “Bella” forma parte de una nueva ola de coproducciones, concebidas principalmente para surtir el amplio mercado hispano de Estados Unidos.
Se trata del primer largometraje del guionista y director Alejandro Monteverde, quien tiene grandes cualidades de narrador visual. Eso sí, le falta pulir su trabajo de escritura, sobre todo en cuanto a desarrollo argumental.
El buen desempeño de Eduardo Verástegui engalana un drama chicano con alma de culebrón. Tiene el mérito de rendir tributo a la vida, aunque lo hace de manera obvia y bastante superficial.
Hijo de padre puertorriqueño y madre mexicana, José vive en Nueva York. Es el chef de un fino restaurante, administrado por su hermano Manny. Cuando este despide a la salonera Nina, José abandona la cocina y acompaña a la mujer en un largo paseo por la ciudad. Conversando, ambos intercambian sus vivencias, compartiendo las penas que los afligen.
Nina acaba de descubrir que está embarazada, y piensa abortar. Por su lado, José no logra superar un recuerdo doloroso. Años atrás, él era un jugador de fútbol, con un brillante futuro por delante. Lo perdió todo, debido a una tragedia que él mismo ocasionó por accidente.

Tan sencilla como la psicología de sus personajes, la trama es puntuada por saltos temporales, casi siempre injustificados: en lugar de generar expectativa, anticipan los giros del relato y lo hacen predecible. Además, se nota cierta falta de sutileza, a la hora de abarcar temas delicados como aborto y derecho a la vida, culpa y anhelo de redención. Todo se resuelve mediante consideraciones esquemáticas, aderezadas con gotas de existencialismo barato.
Si “Bella” no parece un capítulo de una telenovela cualquiera, se debe al dominio del lenguaje fílmico que Monteverde demuestra en todo momento. Destaca también la esmerada fotografía de Andrew Cadalego y la sugestiva partitura musical de Stephen Altman. Esta refuerza adecuadamente las imágenes, aunque a veces se ve interrumpida por mediocres e inoportunas canciones pop.
Con su acertado desempeño histriónico, Eduardo Verástegui da un salto notable en su carrera, dejando atrás su acartonada imagen de galán, para reinventarse como intérprete intenso y a la vez comedido.

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