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Nunca digas nunca admiraré a Justin Bieber

Si Madonna metió al público en su cama, Michael Jackson enseñó sus pasos póstumos y los Rolling Stones se dejaron embellecer por Martin Scorsese, Justin Bieber reta al espectador a descubrir la figura artísticamente respetable que se esconde tras su flequillo en “Never Say Never”.
Este documental, dirigido por Jon Chu, no es sino la celebración por todo lo alto de una industria, la del espectáculo, para demostrar que por mucho YouTube, por mucha descarga ilegal y por muchos nuevos modelos de negocio, gracias a Justin Bieber hay estrellas a la vieja usanza.
¿Un nuevo Michael Jackson? ¿Un nuevo Mickey Rooney? ¿O un nuevo Webster? De momento, una actualización del sueño americano y, por muy documental que sea, una clara voluntad de propaganda conservadora que acaba convenciendo al espectador de que la emoción, el esfuerzo y el talento siguen en boga.
Será el 3D, será la naturalidad para actuar de los adolescentes porque luego en persona han demostrado estar lejos del niño bueno o será que es innegable que Justin Bieber tiene mucho más talento que otros héroes juveniles prefabricados por Disney, pero “Never Say Never” es más interesante de lo que a priori pudiera parecer.
Testigo del nacimiento de una estrella por la vía democrática del universo internauta, retrato de soslayo del hermetismo de una industria que a punto estuvo de dejar escapar a la gallina de los huevos de oro y ojo impagable para estudiar el fenómeno fan llevado hasta el paroxismo, este filme esconde bajo sus pliegues algo más que un seguimiento de la coletilla “entre bambalinas”.
Probablemente, todo emerge de manera involuntaria, pero emerge al fin y al cabo. Y aunque no hay ni crítica ni ironía en todo el circo que rodea a Justin Bieber, “Never Say Never” funciona por esa misma honestidad como un fragmento sociológicamente interesante de las contradicciones de este tiempo de “reseteo” de los hábitos y los gustos.
Entre medias, el joven artista no tiene pudor en mostrar su cuerpo todavía adolescente, su lógica inmadurez y su desgaste prematuro como cantante tras 90 conciertos con solo 17 años. También su familia, canadiense, humilde, de creencias religiosas, se deja retratar con naturalidad.
Y es que “Never Say Never”, al margen del espectacular montaje “videoclipero” de sus números musicales, no intenta innovar en lo formal más allá del documental clásico, pero consigue en el espectador una extraña sensación de comunión o sumersión en el mundo “belieber”.
El título lo había avisado: nunca digas nunca... incluso cuando digas “nunca sucumbiré a Justin Bieber”.

Madrid / EFE
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