Natalia Díaz

Natalia Díaz

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Jueves 4 Enero, 2018

Nuevos bríos y mucho análisis

Damos inicio a un nuevo año. Como toda inauguración, lo hacemos cargados de positivismo, energía y con las mejores vibraciones para continuar o reiniciar proyectos personales y colectivos, en la búsqueda del ascenso espiritual y terrenal que debe movernos en nuestro cotidiano acontecer.

En este 2018 iniciamos además, con el mes decisivo para escoger las autoridades que regirán los destinos del país para el próximo cuatrienio. Una decisión nada fácil dada la enorme oferta electoral que tenemos enfrente.



Aquellos tiempos cuando dos fuerzas políticas disputaron el protagonismo en el escenario nacional, es probable que no vuelvan, al menos en el mediano plazo. Y, si agregamos el factor que desde hace 15 años se ha entronizado, cual es la segunda vuelta electoral, la decisión se torna muy controversial para casi la mitad del electorado nacional.

Un tercer componente se agrega, y es la llamada “quiebra del voto” para la escogencia diputadil, donde los ciudadanos cada vez más escogen un presidente, pero no así su grupo parlamentario de apoyo.

Con las anteriores tres variables en juego, nos disponemos a seleccionar la que consideramos nuestra decisión final. Como toda escogencia en la vida, pesa más lo emocional que lo estrictamente racional, pero debemos realizar un esfuerzo para que ambos factores se nivelen. La hoja de vida del candidato es importante, su relaciones con sus semejantes, la sobriedad en el estilo de vida, su perfil en las funciones desempeñadas previamente en lo público o en lo privado, la capacidad de discernimiento ante situaciones de presión, y las afinidades que tenga hacia el respeto a la propiedad privada, intelectual o material, hacia la búsqueda de una sociedad más libre, con un Estado subsidiario y solidario pero no alcahuete, junto a los valores que como individuo nos haya mostrado en su actuar cotidiano, son requisitos que deben sopesarse al tomar una decisión de tanta trascendencia. Esto es muy importante en un sistema presidencialista cuatrienal, donde si fallamos al escoger, lo eterno que pueden resultar esos cuatro años nos puede pasar la factura en nuestra psiquis y nuestro patrimonio personal.

En los sistemas parlamentarios o semiparlamentarios, que permiten la corrección en el camino cuando un gobierno va mal, una equivocación no se paga tan caro… pero ese no es nuestro caso. Mucho análisis y mucha cautela para el próximo 4 de febrero.