Enviar

Una delimitación en la votación de proyectos, así como en el uso de la palabra, sería vital para la agilización del trámite legislativo, pero fatal para los intereses de quienes obstruyen a su antojo


Nuevo reglamento legislativo: una reforma que urge

A tan solo una semana del 1° de mayo, se intensifican las negociaciones entre legisladores en el Congreso para establecer el nuevo directorio que encabezará la Asamblea Legislativa.
La incertidumbre recorre los pasillos de Cuesta de Moras, a la espera de un mandato multipartidista, de oposición o un directorio oficialista, con colaboración del Frente Amplio, el aliado natural del Gobierno.
Independientemente de cuál sea el desenlace final, resulta prudente cuestionarse cuál es el impacto que tendrá en el votante y cómo le afectará este movimiento de fichas.
Lo cierto del caso es que aún existe un problema de raíz al que ningún político parece querer entrarle: la reforma al reglamento legislativo.
Es un tema añejo, pero que toca las bases de todos los problemas y obstáculos que enfrentan los diputados para legislar.
Proyectos como el de fertilización in vitro han sido víctimas de un reglamento permisivo con quienes bloquean y utilizan los espacios parlamentarios para ralentizar procesos. Es un arte que algunos diputados dominan, mientras otros lo aprenden con el tiempo.
Las observaciones, que se detallaron en aquel documento del grupo de notables en el Gobierno de Laura Chinchilla, aún siguen engavetadas y sin ver la luz. Inclusive, otros aportes se han hecho desde otras vertientes, pero nunca han estado en el primer lugar de importancia.
Una delimitación en la votación de proyectos, así como en el uso de la palabra, sería vital para la agilización del trámite legislativo, pero fatal para los intereses de quienes obstruyen a su antojo.
La Asamblea es una de las instituciones que ha perdido la confianza de los costarricenses y esto debilita el sistema democrático. Es imposible recuperar su credibilidad si se mantiene como el espacio de maniobras políticas a merced de un reglamento débil y permisivo.
Es decir, hasta que no se cambien las reglas del juego en el Congreso, los proyectos seguirán inundados de mociones, tanto en comisión como en plenario.
Poco importará quién esté al mando, qué coalición la gobernará o cómo se conformarán las comisiones.
Hasta que el problema no se arranque desde su raíz, nuestros diputados seguirán utilizando el actual reglamento para obstruir cuando les convenga, y a quejarse cuando les afecte.
La reforma debe ponerse sobre el tapete, ahora que las grandes decisiones deben tomarse. Sin duda, un nuevo reglamento, con los cambios necesarios, agilizará las discusiones más complejas que están por venir.
 

Ver comentarios