Ennio Rodríguez

Ennio Rodríguez

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Martes 28 Noviembre, 2017

Nuestros desafíos

Nuestro país pasa por enormes desafíos en muchos planos, cuya magnitud recuerda la convulsa década de 1940. ¿Podrá el sistema político lograr las transiciones sin la convulsión social? En este artículo haré referencia solo a los desafíos económicos de crecimiento de mediano y largo plazo.

En 1960 el ingreso per cápita de Costa Rica era $380,7; mientras que, en 2016, este fue de $11.824,6. Si nos comparamos con otros países más exitosos, es evidente que pudimos hacer mejor las cosas. De acuerdo con el Banco Mundial, en 1960, Corea del Sur tenía un ingreso per cápita de menos de la mitad que Costa Rica ($158,2); en 2016, el resultado se invierte, Sur Corea alcanza $27.538,8. Otro país pequeño, Singapur tenía $427,9 en 2016 y $52.960,7 en 2016. Interesante que Portugal y España tenían, en 1960, ingresos per cápita de $360,5 y $396,4 respectivamente y alcanzaron $19.813,3 y $26.528,5 en el mismo orden. Desde luego, estos dos últimos países pasaron a formar parte de la Unión Europea. Tampoco nos hemos podido acercar a Uruguay que tenía un ingreso per cápita de $489,4 en 1960 y 15.220,6 en 2016.

Los países que han podido desarrollarse, lo cual significa converger a los niveles de ingreso per cápita de los países de la OECD e incorporar a las grandes mayorías a los beneficios del desarrollo, han basado su tasa de crecimiento en la innovación tecnológica. McKinsey presentó, en el Congreso del Colegio de Ciencias Económicas de este año, un análisis de los factores de crecimiento de largo plazo de Costa Rica. Las dos variables estadísticamente significativas, que explican la tasa promedio de crecimiento del 4,6% durante los últimos 50 años, son: 3,6% el crecimiento del empleo y solo 1% la productividad. Hacia el futuro o cambiamos los motores del crecimiento o las tasas de crecimiento se van a deprimir por cuanto ya tenemos una dinámica poblacional típica de un país desarrollado y una tasa de aumento de la productividad propia de un país subdesarrollado. En efecto, McKinsey realizó una proyección y encontró que, al variar las tasas de fertilidad y estarse acabando el llamado bono demográfico, y proyectar el crecimiento de la fuerza laboral resultante, la tasa esperada de crecimiento del ingreso per cápita para los próximos 50 años, sería de un 1,6% (bajo el supuesto de que la tasa de crecimiento de la productividad se mantiene). Las luces de alerta no pueden ser mayores.

Debemos aprovechar la cuarta revolución tecnológica para cambiar el patrón de bajo incremento de la productividad. Ello significa la necesidad imperiosa de conectar a toda la población mediante Internet de velocidades superiores a 100 megas, tanto en las tecnologías fijas como móviles. Significa también que el gobierno digital debe avanzar a pasos agigantados; así como un sistema educativo interconectado y de contenidos digitalizados. Pero también, un cambio profundo en la innovación. Costa Rica destina el 0,5% del PIB a la innovación, mientras que un país que ha logrado basar su crecimiento en la innovación, Israel, destina el 4,21% (datos para 2014 del Banco Mundial). No es solo recursos, es todo el ecosistema de innovación y emprendedurismo el que debe cambiar para lograr resultados.

Pero, tanto por razones éticas como económicas, no podemos continuar despilfarrando el aprovechamiento de nuestra fuerza laboral. Más allá de nuestras elevadas tasas de desempleo y subempleo, tenemos una baja tasa de participación laboral de un 59,5%, debido a que las personas se desaniman de no encontrar trabajo y dejan de intentarlo, tasa que es todavía más baja para las mujeres: 55,0%. De tal manera que podemos aumentar el número de personas que se incorporan a la fuerza laboral si trabajamos en los factores de exclusión. Entre estos se destaca el hecho de que menos del 50% de los muchachos no logra terminar secundaria y 308 mil menores de 35 años y mayores de 12 años no estudian ni trabajan. Mientras tanto, los abundantes recursos del INA se dedican a enseñar lo que el mercado no necesita (60% de sus graduados no encuentra trabajo). Necesitamos educación dual relevante por parte del INA y el MEP para 2,6 millones de personas que no han terminado estudios secundarios. De lo contrario, esas personas no solo van a tener dificultades de tener acceso a los mercados formales de trabajo, sino que también nos vamos a ver condenados al subdesarrollo.

En definitiva, para aumentar la fuerza laboral no podremos depender de las tasas de crecimiento demográfico, sino que debemos aprovechar los recursos humanos marginados hasta ahora del desarrollo; esto acompañado de convertir a la innovación en un potente motor de crecimiento económico.