Gaetano Pandolfo

Gaetano Pandolfo

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Sábado 29 Octubre, 2011


Cerca de la medianoche del jueves recibí este correo desde San Luis.
“Hola Tano; estoy en los Estados Unidos viendo la Serie Mundial.
Acabo de salir del Busch Stadium donde presencié el sexto partido de la serie. Yo voy con los Rangers y acaban de perder. Me gustaría escribir una columna sobre lo que sucedió, pero no tengo el don para eso.
Por favor escribe sobre este sexto juego, tú tienes el don y puedes transmitirles a los lectores lo que significa el deporte, las emociones que provoca y el enorme poder que tiene en la sociedad”.
Erick Lonnis Bolaños.
Primero… ¡qué dichoso Erick!
Estuvo en el sitio, en el momento y a la hora precisa para presenciar un juego de Serie Mundial calificado apenas terminó como inolvidable; quizá el sexto partido más dramático en toda la historia de la Gran Carpa en el Clásico de Otoño.
Hace poco escribimos que por algo al béisbol lo califican como el deporte rey y desde luego que recibimos los mensajes oportunos de los detractores de esta hermosa disciplina. ¿Qué le ven de lindo a ese deporte?
Lento, aburrido, eterno, jugadores uniformados con pijamas con faja, gordos y panzones mascando tabaco y chicle y una serie de epítetos que buscan descalificar a sus protagonistas.
Ahora bien, estamos claros que para que el béisbol guste, hay que entenderlo, hay que conocerlo y como a cada rato lo afirma Mario Espinosa, es una disciplina muy científica donde cada acción, cada lanzamiento, cada señal y la ubicación en el diamante de los jugadores tiene su ciencia.
Pero, una cosa es cierta: no hay un deporte en el planeta que pueda ofrecer el drama, la emoción, adrenalina, tensión, la pasión que presentaron Cardenales y Vigilantes en este sexto juego, calificado por los analistas como sensacional.
“Solo estando uno aquí sentado y viendo lo que sucedió en el campo, puedes llegar a creerlo”, manifestó extasiado y eufórico el veterano piloto de los Cardenales, Tony La Russa, al que le cuesta bastante sonreír.
Texas estuvo en dos ocasiones a un solo “strike” de ganar la Serie Mundial y no lo logró.
Con solo imaginarse esto se puede medir la magnitud del evento; la majestuosidad del suceso; el dramatismo del juego, ganado finalmente por los Cardenales gracias al jonrón de David Freese en el undécimo, una exquisita cereza a un pastel de detalles, batazos, jonrones y otras acciones que se juntaron para culminar la proeza.

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