Gaetano Pandolfo

Gaetano Pandolfo

Enviar
Jueves 27 Marzo, 2014

A la espera de los resultados de anoche —escribimos esta Nota pocas horas antes de que arrancara la jornada nocturna—, contarles una pequeña anécdota ahora que don Emilio Butragueño anduvo por Tiquicia.
Cuando el famoso número 7 del Real Madrid colgó los botines fue mil veces entrevistado sobre su futuro, que lógicamente estaría amarrado a alguna función administrativa o deportiva en la Casa Blanca. A un icono del club de este calibre no se le deja al garete.
En esas entrevistas, “El Buitre” manifestó que también había abierto una tienda de perfumes y demás yerbas cercana a la Gran Vía y que llevaba su nombre. De esto hará unos 15 o 18 años.
Pues bien, después de dar cobertura a los partidos que me hicieron trasladarme recientemente a Madrid, el lunes 11 de marzo salí de compras en busca de un recuerdito que me pidió una querida amiga, fiel oyente de Tano…qué tal!, la señora Elisa María Calvo. Quería (sin ningún compromiso) que le buscara una cajita que tuviera jabón Maja y perfume.
Caminando por la Gran Vía miré (al mejor estilo de Pinto) una tienda que anunciaba perfumes y jabones y entré.
Me atendieron dos atentas señoras muy, pero muy entradas en años. Una de ellas dio con el producto y la otra, mucho mayor, fue a la caja registradora para hacer el cobro.
Cuando me dio el monto, noté que era excesivo, casi tres veces más del precio que me dio la otra señora.
Observar a las dos octogenarias resolviendo el dilema me hizo sonreír. Resulta que la señora mayor tenía pegados en la caja dos cobros anteriores que por arte de magia se adjuntaron al mío. La otra “güila”, más astuta resolvió el conflicto, pidió disculpas y me cobró lo justo.
Me envolvieron el regalito y no fue hasta que llegué al hotel que empacando, me enteré observando una bolsita café con letras doradas, que había comprado en la Tienda Butragueño.
Me puse a recapacitar cómo pueden estar dos señoras de tan avanzada edad, solitas, atendiendo una tienda que es bien grande y que vende muchos otros productos y lo más preocupante, cómo no las asaltan o roban (digo yo, puede que lamentablemente lo hayan hecho).
Concluí que probablemente este par de venerables ancianas son familia de Emilio Butragueño el papá de los tomates y en ese sentido, tienen la potestad de ser amadas, respetadas e intocables. Y, colorín, colorado, este cuento se ha acabado.

[email protected]