Gaetano Pandolfo

Gaetano Pandolfo

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Miércoles 4 Septiembre, 2013

Si Jorge Luis Pinto hubiera convocado a Diego Estrada y a Pablo Herrera a la Selección Nacional y anuncia de una sola vez que serán titulares contra los Estados Unidos, en Costa Rica lo nombramos “ipso facto” el mejor director técnico del mundo.
Es más, si adelanta la formación de la Tricolor y al lado de Herrera y Estrada coloca a Mauricio Castillo, Diego Calvo y Víctor “Mambo” Núñez, le levantamos un monumento anticipado. Los fanáticos del fútbol piden espectáculo, baile, driblings, olés y goles y desaprueban masivamente a los estrategas que planifican un fútbol diferente.
Es la vieja bronca del fútbol universal entre lo hermoso del fútbol brasileño, que le ha deparado cinco campeonatos mundiales y lo huraño del fútbol italiano, que sin embargo, solo le ha dado una corona planetaria menos que al Brasil.
Escribiéndolo fácilmente, se puede jugar a lo brasileño, al estilo del Barcelona, del Saprissa de hoy, o a la italiana, sobre todo con los viejos sistemas derivados del “catenaccio” y por las dos rutas llegan los triunfos, solo que la primera produce el gozo de los aficionados y el segundo sendero un aplauso sin sabor.
Jorge Luis Pinto dice sentirse “remamado” de la “jodedera” de la prensa deportiva criolla que lo tilda de superdefensivo.
Lo entendemos.
Mis colegas desean (y no me incluyo porque he defendido el trabajo de Pinto), precisamente lo que adelantamos. Una alineación con todos los “hueveadores” del campeonato para que les den una bailada a los discípulos del antipático de Klinsmann y el partido del viernes quede 5-0.
Pero, la cosa no es así.
Ni siquiera con el carismático Badú se podía planificar un partido así de alegre; el técnico de la lora y la sandía era un maestro en el manejo de la mente del futbolista y eso contrarrestaba su desinterés por lo táctico a la hora de construir un partido.
De ahí que con Pinto, no se debería perder tiempo y micrófono criticándolo por llamar a Chiqui Brenes y no a Herrera o a Estrada, porque nuestro entrenador ha tenido siempre un equipo base, ocho o nueve jugadores legionarios a los que solo le hace pequeños ajustes dependiendo del contrincante, pensando, eso sí, siempre, siempre y siempre en el resultado y no en agradar a los aficionados con un poco o mucho de merecumbé.

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