Gaetano Pandolfo

Gaetano Pandolfo

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Martes 21 Octubre, 2008

NOTA DE TANO


¡Qué malo y qué aburrido el partido entre Herediano y Cartaginés!
Hasta mi nieto Daniel, que a sus nueve años experimenta sus primeras emociones como espectador y motivado quiso conocer el Rosabal Cordero, me estuvo pidiendo tiempo.
De 28 jugadores en la cancha, 14 por cada equipo en 90 minutos de acción, solo se puede rescatar a tres: Mauricio Solís, Leonardo González y Leonardo Madrigal.
Partido soso, asistencia raquítica; el Cartaginés abandonado a su suerte por una afición que lo estuvo acompañando fielmente a cada juego de visita y le llenaba el Fello Meza como local y un Herediano frío, incoloro, insípido.
El equipo de Paulo Wanchope sin medular, sin poder construir fútbol; incapaces sus volantes de producir suficiente volumen de juego para poder valorar a los delanteros Oscar Briceño y Luciano Rodríguez, que ya suman varios minutos en el primer equipo y nadie sabe aún la leche que dan.
A la distancia y sin vivir el fragor de los entrenamientos, uno supone que son mejores futbolistas Jonathan McDonald y Kevin Cunningham que este par de suramericanos, pero el técnico rojiamarillo piensa diferente o se ha cansado de las oportunidades que ha dado a los atacantes criollos en partidos anteriores sin buenas respuestas.
Lo cierto es que el triunfo local se montó en una única acción de lucidez en que se combinó el talento de Jafet Soto con la picardía de Leo González, quienes en buena pared se metieron en la cocina del Cartaginés y obligaron a Richard Mahoney a cometer falta y penal.
Anotó Mauricio Solís, otro de los pocos que respondieron a sus pergaminos con un trabajo nítido como defensor central y luego, para sentenciar, un gol de vestuario que agarró frío a José Villalobos, incapaz de cortar un centro más de Leo que desvió a la red Briceño, a punto de dejarlo pasar.
Ganó Herediano dos a cero mostrando muy poco; le bastó aprovecharse de un Cartaginés que en algunos partidos parece que entra derrotado de antemano, dadas las indicaciones que emanan de su entrenador.
Hemos visto a los brumosos; sabemos de la calidad de su ariete Ademar Figueira; es mucho más futbolista, pero mucho más, que los dos delanteros foráneos del Herediano. Sin embargo juega cada fecha no en un campo de fútbol, sino en un hospicio de huérfanos.
Totalmente aislado.
Observando el buen fútbol que viene desarrollando Leonardo Madrigal, cabe preguntarse por qué Juan Luis no se anima a juntarlos como puntas titulares de su formación, en lugar de utilizar a Madrigal como enganche, en una doble función que le cuesta cumplir porque normalmente deja a Figueira abandonado. Se percibe, se olfatea, se siente que este Cartaginés está para mucho más que jugar a las parejitas. Su fanaticada lo intuye y como no hay respuesta, lo está dejando solo.

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