Claudia Barrionuevo

Claudia Barrionuevo

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Lunes 29 Agosto, 2016

Si nunca llevé un diario, el retrato de mis procesos emocionales durante este tiempo ha quedado patente en mis artículos

No es más que un hasta luego

A mediados de noviembre de 2004, mi queridísimo amigo Franklin “Kaqui” Herrera me llamó para invitarme a escribir artículos de opinión en LA REPÚBLICA. Yo le agradecí la confianza pero no me sentía capacitada para hacerlo y me negué. Terco y perseverante insistió hasta que acepté y el 30 de noviembre de ese año redacté mi primera columna que, como muchas, llevaría el título de una canción: “Cuando pase el temblor”. Diez días antes el terremoto de Parrita se había sentido con fuerza en todo el país.

“Kaqui” me llamaba todas las semanas y me daba consejos, me guiaba, estimulaba mi sentido del humor en la escritura, me ayudaba a encontrar un estilo propio. Cuando se fue de la vida (le dediqué mi columna número 61, el 6 de febrero de 2006: “Un breve adiós”) perdí a mi Mentor y tuve que arreglármelas sola. No me fue fácil pero ya tenía algunas herramientas.
Hoy puedo decir que, luego de 547 columnas incluyendo esta, he adquirido el oficio de articulista. Algunas semanas los temas son abundantes, otras hay que inventarlo.


En los casi 12 años que llevo opinando sobre lo que se me ocurre ha pasado de todo en mi vida, en la de los que me rodean y en la de mi país y he tratado de documentarlo todo. Si nunca llevé un diario, el retrato de mis procesos emocionales durante este tiempo ha quedado patente en mis artículos. Pasé por cuatro presidentes y un referéndum; un sinfín de escándalos políticos y tanta indignación; atentados, guerras e injusticias en el mundo; varias muertes de seres queridos; muchos espectáculos y varias películas; algunos viajes y múltiples trabajos; más de una angustia y muchas alegrías por mis hijas; dos rupturas de pareja, tres operaciones y una neumonía…
Nunca asumí mi labor de columnista como un trabajo: me gusta mucho y no me pagaban, ergo, no era trabajo. Siempre sentí que la publicación de mis opiniones me permitía hacer visibles a muchas personas que no tenían espacio en los medios escritos. Disfruté intensamente cada uno de los correos que recibí de los lectores. Incluso de los que no estaban de acuerdo conmigo. Intenté, en la medida de lo posible, responder todos y cada uno de los mensajes que me enviaron. A veces incluso me insultaron y al principio lo sufrí. Al tiempo comprendí que estar expuesta en la página de opinión de un periódico tenía ese tipo de consecuencias y no quedaba más que asumirlas.
Suena a despedida y sí, hasta cierto punto lo es. No sin nostalgia y con cierta tristeza escribo estas líneas. LA REPÚBLICA cambia su formato y me invita a formar parte de su nueva versión digital, no así de su versión impresa. Y, tal vez porque sigo aferrada a leer en papel, o porque estoy cerrando viejas etapas y abriendo nuevas, o porque busco otro espacio para reproducir mis opiniones, he declinado la atenta invitación.
No dejaré de escribir ni de opinar; creo haber ganado en estos años algunos seguidores que espero no me olviden mientras encuentro la nueva casa para mis columnas.
¡Hasta pronto!