Alvaro Madrigal

Alvaro Madrigal

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Jueves 5 Marzo, 2015

Tuvo la osadía (el presidente Solís) de designar a una mayoría de ministros sin habilidad política y sin capacidad para trabajar en equipo


De cal y de arena

No es lo mismo oír que escuchar

Con mejores amigos y más perspicaces consejeros, el presidente Solís Rivera habría tenido en claro que la caída en picada de su popularidad y el enrarecimiento de la atmósfera en que se desenvuelve su gobierno, no son fruto del “acoso mediático” de que se queja ni de una conspiración periodística para desconocer la verdad de su gestión administrativa.
En lugar de admitir la acentuada presencia de un gran desgaste político a resultas de errores que le son atribuibles a él en particular, el presidente se enrumba por las mismas veredas tomadas por algunos de sus predecesores para atribuir la devaluación de sus activos a los titulares alarmistas o abiertamente falsos seleccionados por los conjurados de la prensa.
Es cierto que los grandes y poderosos consorcios mediáticos están casados con determinadas visiones de lo que debe ser la gestión de gobierno y de cómo debe concebirse al Estado, para cuyo logro se conducen cual si fuesen partidos políticos no registrados y a tono con los objetivos de sus propietarios, no importa si para ello ha de pisotearse la deontología del periodismo.
Es una realidad presente desde hace largos años que han padecido distintas administraciones cuando se han resistido a hincárseles, lo que no es razón válida para sumirse en la impotencia o buscar un cirineo ni para que un avezado historiador se enrede en esos mismos mecates.
El presidente Solís olvidó que las tareas de gobierno son esencialmente de contenido político, que para emprenderlas se requiere aptitud y vocación políticas y que en el ejercicio de esas tareas hay que tomar nota de las percepciones de los gobernados.
Por olvidarlo, tuvo la osadía de designar a una mayoría de ministros sin habilidad política y sin capacidad para trabajar en equipo. No tardaron en hacer una cara demostración de impericia, incoherencia e improvisación, agravada por las riñas que estallaron a lo interno del partido de gobierno que el mismo mandatario no supo sofocar.
Así, el gobernante que prometió una radical cruzada contra la corrupción y por el cambio, que heredó una finca encharralada y que confesó estar desarmado ante una realidad muy distinta a la que presumía (“no es lo mismo verla venir que bailar con ella”), a diez meses del mandato se topa con que ese cuadro induce a la opinión pública a calificarle con dureza y con cifras en caída libre.
A estas alturas a LGS no se le reclama poca o mucha obra pública pero sí el hastío que provoca la falta de liderazgo, la indefinición de rumbo y las contradicciones y pifias de sus colaboradores.
Hay grandes temas pendientes (infraestructura, finanzas públicas, lo energético, el desempleo, el modelo de desarrollo y sus incongruencias), hay otros satanizados cuando los proponía el gobierno Chinchilla pero abrazados hoy, así como contados y meritorios ataques a los privilegios que desangran los presupuestos nacionales.
No obstante, pendientes la recomposición del gabinete y la sanación interna del PAC, el presidente Solís no se librará del tornado. Ojalá hiciera bueno su grito de ayuda ante sus errores y extravíos que le escuchamos el 8 de mayo.

Álvaro Madrigal