Mishelle Mitchell Bernard

Mishelle Mitchell Bernard

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Jueves 23 Marzo, 2017

Niñez, un daño colateral

La vida de un ser humano no es un daño colateral. La muerte de un niño o una niña, no es un daño colateral, es una herida directa, públicamente infligida al corazón de una sociedad, que demuestra además de incapacidad, indiferencia ante la urgente necesidad de proteger a los más vulnerables.

Colateral significa secundario y la muerte de un niño no es un efecto secundario, es un daño principal, primario, esencial; capaz de corroer el futuro colectivo. Socava estructuras familiares, impacta ambientes escolares, trasciende a estados anímicos individuales… propaga el miedo y la desesperanza.

Podría decirse que el deceso de un niño o niña es producto de estar en el lugar equivocado en el lugar equivocado. ¿Pero acaso escogen ellos estar en la mira de balas asesinas? ¿Acaso eligen crecer en comunidades que invadidas por el germen de la desigualdad y la pobreza hacen metástasis con el cáncer de la violencia? En no pocos casos, los adolescentes y jóvenes que se integran a estructuras delictivas encuentran en ellas formas de subsistencia y sentido de pertenencia que el Estado y la sociedad en conjunto les han negado.

Latinoamérica es escenario con escalofriante frecuencia de la pérdida de vidas de menores de edad producto de la violencia. Todos los días, 220 niños, niñas y adolescentes mueren producto de la violencia. Y a nivel mundial, uno de cada cinco homicidios se cobra la vida de un niño o una niña.

Como seres humanos nos indigna y entristece que un pequeño que apenas balbucea, un infante que juega en la acera frente a su casa, y otro que inocentemente pasea en el carro junto con sus padres muera acribillado por las balas dirigidas hacia otras personas.

Igualmente debería entristecernos la pérdida de vidas de adolescentes y jóvenes inmersos en contextos altamente vulnerables y violentos. Al final, el saldo es la acelerada erosión de nuestro bono generacional como región.

Con cada muerte de un niño, niña o adolescente, muere un proyecto de vida, muere el potencial de una sociedad de ser mejor, muere lentamente la productividad de una economía, muere el estímulo de una sociedad para soñar, reinventarse e innovar.

Por eso resulta fundamental asegurar el funcionamiento de sistemas de protección formales —leyes e instituciones— suficientemente fuertes y efectivos para resguardar la vida y las oportunidades de los niños.

También resulta crucial construir sociedades más justas y equitativas en donde la violencia no tenga asidero, y fortalecer otras redes de protección como la familia, las escuelas, las iglesias y las comunidades —que usted y yo conformamos—, asumiendo un rol protagónico en la protección de los niños y niñas.

Necesitamos a todo el mundo para eliminar la violencia contra la niñez y la tarea comienza desde la casa, pasa por las aceras de nuestros barrios, en donde cada adulto es vigía y centinela de los menores de edad. Quien no asuma esa responsabilidad, asume el cómodo rol de espectador pasivo, de cómplice de esta barbarie que nos carcome como personas y como sociedad.

Mishelle Mitchell es Dir. Regional Comunicaciones World Vision LAC.