Claudia Barrionuevo

Claudia Barrionuevo

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Lunes 6 Junio, 2016

 Estas colombianas empoderadas (ya no desplazadas) han dejado de ser víctimas para tomar el poder político, práctico, económico, comunitario, pero sobre todo, para cumplir un sueño postergado: vivir en paz

Mujeres de fuego, mujeres de nieve

Hace algunas semanas me hice amiga de Isbella y aunque tenemos muchas cosas en común (el género, la edad, la maternidad, el país y hasta algunas historias de vida similares) el machismo la golpeó muy fuerte. Tanto que recién ahora, a los 50 y tantos, está tratando de liberarse de los patrones a los que fue sometida durante décadas. En Costa Rica todavía son muchas las que no pueden alzar la voz, por no hablar del horror extremo que es el femicidio.
He conocido muchísimas mujeres de mi generación, y no me atrevería a decir que para mí vivir mi género me fue difícil: algunas circunstancias jugaron a mi favor. Tampoco puedo asegurar que desarrollarme mi ser femenino me fue leve: tropecé con más de una piedra machista.
La gran mayoría de las mujeres en Latinoamérica sufren todo tipo de maltratos por parte de sus familias (desde padres a hijos, incluyendo a sus propias madres), sus parejas y su entorno que puede contener miseria, guerra y/o todo tipo de violencia por drogas y afines.
Colombia, por ejemplo, ha vivido bajo conflicto armado desde hace más de medio siglo y una enorme cantidad de sus habitantes han sufrido la muerte, la desaparición y el desplazamiento. Y en ese último grupo, cuya cifra supera los 6 millones, el porcentaje de mujeres alcanza el 70%.
Las colombianas de las zonas más afectadas por la guerra, no solo fueron obligadas a dejar sus hogares, también han tenido que sobrevivir al miedo, a la muerte de sus seres queridos, a masacres en sus comunidades, a todo tipo de abusos sexuales incluyendo la violación y la tortura.
Desde 1999 existe en el departamento colombiano de Bolívar una organización llamada “La Liga de Mujeres Desplazadas”, encabezada por la abogada Patricia Guerrero, que logró, hace nueve años en Turbaco (a pocos minutos de Cartagena), terminar la primera fase de la Ciudad de las Mujeres.
Más que lamentarse como Las troyanas de Eurípides, o hacer, como la Lisístrata de Aristófanes, una huelga sexual inútil (tomando en cuenta las violaciones constantes a las que han sido sometidas) las mujeres del Chocó, Antioquia, La Guajira, el propio municipio de Bolívar y muchísimos otros lugares en guerra, aceptaron el gran reto de erigir una ciudad propia en la que ellas decidirían su propio destino. Serían dueñas del oráculo de Delfos. Y así lo hicieron.
No fue una tarea fácil: estas congéneres llegaron solas, pobres, agobiadas, maltratadas, sin educación y, además, provenientes de diferentes etnias y culturas. Sin embargo aprendieron a vivir juntas, a trabajar con hierro y con cemento; se volvieron expertas en electricidad y plomería; se especializaron en organización y planeamiento. Hoy su “ciudad” cuenta con casi 100 viviendas, 500 habitantes, una escuela, algunas tiendas informales y un centro comunitario, todo construido por mujeres.
Estas colombianas empoderadas (ya no desplazadas) han dejado de ser víctimas para tomar el poder político, práctico, económico, comunitario, pero sobre todo, para cumplir un sueño postergado: vivir en paz.

Claudia Barrionuevo
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