Macarena Barahona

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Sábado 16 Enero, 2010


Cantera
Magón

El arte y la cultura, si no están debidamente institucionalizadas, o cortesanamente fundadas, con el poder económico y político (que en nuestro país es casi lo mismo), en nuestra moral tica, simplemente no existen.
A contrapelo, escritores o artistas que no comparten los techos palaciegos, son invisibilizados en los grandes festines del olimpo cultural de lo que aquellos llaman “Patria”.
El valor intrínseco de un quehacer cultural o artístico de una sociedad no reside en su comercialización o su valor de cambio en las plazas del mercado del capitalismo —como parecen entenderlo las autoridades locales— sino en la intangibilidad espiritual de una nacionalidad o varias, unidas en su diversidad pero comunicadas a través de las obras artísticas o culturales, con un destino colectivo común, de valores humanos y éticos, que violentan y alimentan su espíritu en la incontrastable realidad de nuestro pasado y presente.
Un reconocimiento como es el Premio Nacional de Cultura Magón —generalmente bien elegido en el pasado— lo han trastocado en su esencia pues está concebido (así lo hemos entendido los que alguna vez hemos sido jurado de este honroso reconocimiento), para reconocer el trabajo de una persona que a lo largo de su vida ha desarrollado labor artística y cultural.
Aquí —sin cuestionar los méritos personales de la persona elegida en esta oportunidad— me parece una equivocación pues, confundir la comercialización de la iniciativa privada con una actividad creadora, como es el oficio de pintores, músicos, escritores, escultores, pensadores, es una falacia y es solo sustentada por la necesidad palaciega de imponer criterios y manejar voluntades.
Considerar arte o cultura la venta o divulgación de ella con fines comerciales, donde el enriquecimiento lógico es la razón del negocio, no tiene nada que ver con el arte o la cultura.
Menos hacer del Premio Magón un reconocimiento a la empresa privada que lucra de artistas.
¿Qué pensaría Manuel González, que con su otrora pluma enérgica, nos satirizó tanto a sus riquillos ignorantes como a sus testaferros, volcó su ingenio con gracias para heredarnos a los pobres, a los ricos, a los de clase media, en nuestra ignorancia y pedantería.
Ese espíritu, que con el genio de Magón conocemos los costarricenses de hoy, honesto, sin recovecos, esa identidad heredada, escrita, leída, construida en el día a día del trabajo honesto del creador, este patrimonio cultural, nuestra espiritualidad de nación, es la verdadera esencia del trabajo creador, el que con premios o halagos nunca se dejará comprar.