Juan Manuel Villasuso

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Martes 22 Septiembre, 2009


Dialéctica
Madre Ambiente

Hace pocas semanas, el escritor brasileño Frei Betto publicó un artículo titulado Madre Ambiente, encabezado que adopto en esta columna por el significado que estas dos palabras adquieren cuando se enlazan para simbolizar el estrecho vínculo que existe entre el ser humano y la naturaleza.
Frei Betto nos dice que “la visión de interdependencia entre los seres humanos y la naturaleza se perdió con la modernidad. A lo cual ayudó una interpretación equivocada de que Dios lo creó todo y lo entregó a los seres humanos para que dominasen la Tierra. El dominio se convirtió en sinónimo de expoliación, estupro, explotación. Se buscó la manera de arrancarle al planeta el máximo de lucro. Los ríos fueron polucionados; los mares, contaminados; el aire, envenenado”.
Esta destrucción de la biodiversidad se explica, en gran medida, por los valores de nuestras sociedades y el estilo de crecimiento. El consumismo, promovido desde los mercados, y el aumento sin límites de la producción, valorado como indicador de progreso, en muchos casos arrasa con los recursos naturales y se sustenta en energías contaminante no renovables.
En tanto la ciencia, la tecnología y la innovación han permitido aumentar la productividad, mejorar la salud y ampliar el bienestar, los métodos y técnicas asociados con la producción poco han cambiado para reducir la degradación del medio ambiente y los trastornos en los ecosistemas.
Sabemos que la Tierra es un complejo sistema autorregulable y que existen fuerzas y mecanismos que tienden a equiparar y balancear los elementos: gravedad, oleaje, vientos, atmósfera, lluvias, temperatura; pero la presencia de los seres humanos es capaz de descompensar los equilibrios. Los resultados pueden ser desproporcionados y catastróficos, el cambio climático es uno de ellos.
El presidente del gobierno español, Rodríguez Zapatero, ha expresado que el cambio climático “es la amenaza más importante jamás conocida para la biodiversidad en la Tierra, sus recursos naturales, la agricultura y el acceso a los alimentos, la erradicación de la pobreza y la disponibilidad de agua”.
Muchas son las consecuencias negativas de las variaciones irreversibles en el clima. El deshielo, consecuencia de los gases invernaderos y el calentamiento global, entre los más relevantes. Sus repercusiones se manifiestan en fenómenos como El Niño, inundaciones y sequías, retroalimentación del ciclo de carbono en la biosfera terrestre y la dilatación térmica del mar, que contribuye a la reducción de los glaciares de Groenlandia y la Antártida.
En 1992 se aprobó la Convención sobre el Cambio Climático, con normas para estabilizar las concentraciones de gases de efecto invernadero para que los ecosistemas pudieran adaptarse naturalmente, permitiendo el desarrollo sostenible y la producción de alimentos. Cinco años después los gobiernos acordaron medidas más enérgicas y jurídicamente vinculantes en el Protocolo de Kioto. Lamentablemente países como Estados Unidos no ratificaron ese compromiso y los avances han sido exiguos.
Este año, en diciembre, se va a negociar en Copenhague un nuevo Protocolo que sustituya al de Kioto en 2012. Las negociaciones abarcan responsabilidades cuantitativas y plazos específicos para los países desarrollados; posibles incentivos para controlar las emisiones; y acuerdos financieros para ayudar a las naciones en vías de desarrollo. Madre Ambiente debería prevalecer sobre los intereses económicos en este nuevo acuerdo.