Miguel Angel Rodríguez

Miguel Angel Rodríguez

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Lunes 20 Enero, 2014

No nos engañemos. La disyuntiva es entre la democracia liberal con su estado de derecho y el populismo con su estado totalitario


Los peligros de la democracia

Hace más de 2.300 años, Aristóteles nos alertó de que las formas puras de gobierno —orientadas hacia la satisfacción general— pueden degenerar en las impuras, guiadas por el interés del o de los gobernantes. A ese riesgo no es inmune la democracia que puede pervertirse en demagogia.
Ese antiguo conocimiento y las experiencias de las repúblicas antiguas y medievales llevaron, a los pensadores de las democracias modernas, a concluir que no bastaba con optar por el gobierno de la mayoría, sino que eran indispensables las instituciones de la democracia liberal con su estado de derecho.
La libertad y la vigencia de la dignidad y los derechos humanos no es una escogencia histórica para siempre. La libertad obliga a luchar sin descanso para no caer en la siempre presente “tentación totalitaria”. Fácilmente pierde la libertad la sociedad que no es consciente de su fragilidad, y ese peligro es mayor en la democracia, donde la arbitrariedad se esconde en el anonimato de una mayoría y mejor se disfrazan sus vicios.
Conocemos los resultados de esos espejismos totalitarios, que se dan con independencia de los fines que sean la excusa para acabar con las limitaciones de la democracia representativa liberal. Se cae en los vicios del totalitarismo si los métodos de acción significan irrespetar las instituciones duramente forjadas del estado de derecho, con independencia de que se predique el bienestar del proletariado, la puridad de la raza, la primacía del estado, la liberación de la mayoría, acabar con la exclusión o con la corrupción de los de siempre, o simplemente representar los intereses del pueblo, disminuir la pobreza y la desigualdad. Así ocurre con el comunismo, con el nacionalsocialismo, con el fascismo, o con los populismos latinoamericanos porque se suplanta a la persona, a cada persona por una abstracción colectivista, y se cambian los límites del estado de derecho por la eficiencia inmediata de los objetivos que encarna el líder.
En el populismo latinoamericano el líder es la conciencia popular. Ya no se requieren intermediarios. La democracia representativa con sus debates y posibilidades de negociar y crear acuerdos sale sobrando. Ahora se instaura la democracia directa y el líder recibe del pueblo sus poderes con abuso de mecanismos plebiscitarios.
Con las consultas directas claro que se aprueban pensiones más altas y a una menor edad de jubilación. Pero, ¿cómo se financian? Son preferibles y fácilmente aprobados salarios más altos y precios más bajos. Pero ¿quién va a contratar a los trabajadores que ganan más que su aporte a la producción y quién va producir los bienes que se deben vender por debajo de su costo?
Por esas dificultades, a las soluciones simplistas e inmediatas que el líder carismático comparte con su pueblo estorban los debates libres, la opinión pública, las reglas del mercado, sus precios, la libre contratación, la propiedad privada, la sujeción a las competencias asignadas, la independencia de poderes, especialmente la de los jueces.
Así surge el totalitarismo populista.
No nos engañemos. La disyuntiva es entre la democracia liberal con su estado de derecho y el populismo con su estado totalitario; entre el gobierno de las normas por encima de los gobernantes y el de gobernantes por encima de las normas; entre la democracia representativa, limitada y subsidiaria y la demagogia plebiscitaria.

Miguel Angel Rodríguez