Bruno Stagno

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Lunes 7 Abril, 2014

El CELAC es una distracción innecesaria e incluso peligrosa de recursos y esfuerzos, no un “triunfo diplomático”


Los malos augurios del CELAC

El 29 de enero pasado, Costa Rica asumió la presidencia pro témpore de la Comunidad de Estados de Latinoamérica y el Caribe (CELAC), describiendo este “honor” como “un triunfo diplomático”.
La presidente Laura Chinchilla Miranda recibió la batuta del CELAC de manos del General Raúl Castro Ruz justo después de firmar una insulsa declaración aprobada en La Habana que prácticamente tira por la borda la democracia y el respeto a los derechos humanos.
Si las negociaciones que llevaron a la Declaración de La Habana del 29 de enero 2014 no fueron en sí suficientes para alertar a las autoridades actuales de la nula utilidad del CELAC, y su absoluta contraposición con la hoy moribunda Carta Democrática de la Organización de Estados Americanos (OEA), el silencio pasmoso del CELAC con lo que acontece en Venezuela debería llevar al gobierno a repensar seriamente la conveniencia de ostentar dicha presidencia pro témpore.
La democracia y el respeto por los derechos humanos no son de interés para el CELAC, y difícilmente lo serán a corto plazo, gracias al mínimo denominador común que prevalece en todas sus acciones y decisiones.
No existe siquiera un común entendimiento sobre lo que constituye una democracia, razón por la cual la Declaración de La Habana se refugia en el “derecho soberano de cada uno de nuestros pueblos para escoger su forma de organización política”.
Si además sumamos a esto que 20 de los 33 estados miembros del CELAC se opusieron o abstuvieron de condenar la agresión y ocupación de la península de Crimea por Rusia en una reciente votación en el seno de la Asamblea General de las Naciones Unidas, ya ni los principios de la inviolabilidad de la integridad territorial y la ilegalidad de la adquisición de territorios mediante el uso de la fuerza están seguros dentro del CELAC.
Como país sin ejército cuya primera línea de defensa es el respeto al derecho internacional —y más aún después de la herida abierta por Calero—, nuestra permanencia en dicho foro debería replantearse.
Además, como la democracia más antigua de América Latina y el Caribe, no nos conviene ser cómplices pasivos o activos de la indefinición de la democracia o la reinterpretación de los derechos humanos con el fin de vaciar estos retos u logros de contenido desde el CELAC.
Dado que la actual administración optó por asumir la presidencia del CELAC, debería renunciar a ella y así evitarle al próximo gobierno la deshonra de presidir una opereta de mínimos denominadores comunes.
El CELAC es una distracción innecesaria e incluso peligrosa de recursos y esfuerzos, no un “triunfo diplomático”. Más vale liderar renunciando al CELAC que manteniendo la pretensión que tiene algún valor agregado. Como expresé hace ya dos años en una columna anterior, el CELAC bajo las actuales condiciones no es nada más que un acto de mala fe.

Bruno Stagno Ugarte