Alvaro Madrigal

Alvaro Madrigal

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Jueves 2 Julio, 2015

Ese modelo de desarrollo económico requiere a gritos cambios que corrijan sus desviaciones, incorporen más beneficiarios y se ocupen de la “cuestión social”

De cal y de arena

Los achaques del modelo de desarrollo

Adoptamos un modelo de desarrollo económico que acertó en la producción de riqueza pero que se desentendió de “la cuestión social” de que hablaba siempre el arzobispo Víctor M. Sanabria.
Es ese el modelo que inyectó vitalidad a la economía al abrir fronteras, que atrajo la inversión foránea y que fortaleció la demanda interna con positivos resultados aunque altamente concentrados en ciertas regiones y sectores, amén de olvidar abrir espacios tanto a los sectores de la economía tradicional y de servicios de apoyo como a las políticas públicas dirigidas a consolidar mecanismos de transmisión de los beneficios de la apertura económica al grueso de la población.


Un modelo de desarrollo que vino contaminado con el deliberado propósito de debilitar o ignorar el mandato al Estado del artículo 50 de la Constitución Política de procurar el mayor bienestar a todos los habitantes del país mediante políticas de estímulo a la producción y el aseguramiento del adecuado reparto de la riqueza, mandato incorporado al capítulo de Garantías Sociales que se inspiró en la preocupación del presidente Calderón Guardia por corregir el creciente desequilibrio —así lo dijo— entre capital y trabajo capaz de arruinar la paz interna y de enconar la lucha de los grupos económicos existentes en nuestro medio social.
Ese es el modelo que produce riqueza pero no equidad en el acceso a ella y que deja de lado a los grandes sectores de la economía tradicional generadores de empleo (más o menos el 60% de los ocupados), sumidos en clara desventaja porque a ellos no les llegan los encadenamientos productivos, sociales y fiscales que sí se proveen con largueza a los actores beneficiarios del nuevo modelo.
Por ahí se ubican las razones de los sostenidos índices de pobreza, desempleo y desigualdad en medio de la torpe gestión pública a cargo del Estado.
Ese modelo de desarrollo económico requiere a gritos cambios que corrijan sus desviaciones, incorporen más beneficiarios y se ocupen de la “cuestión social”.
En absoluto su desmantelamiento, toda vez que se ha probado su vitalidad para impulsar altos y sostenidos niveles de crecimiento económico; de lo que se trata es de reformarlo e incorporar a su estructura nuevas orientaciones capaces de transmitir los beneficios de la apertura a toda la población, como repetidamente lo ha advertido el Estado de la Nación en las últimas evaluaciones de la realidad nacional. Las convulsiones que está experimentando el sector agropecuario no exportador son parte de la marginación que de él hace el modelo de desarrollo adoptado a partir de los años 80 cuya armazón económica —dice el IEN— se despreocupó de los encadenamientos sociales, productivos y fiscales entre la “nueva” y la “vieja economía” (donde se asienta el sector agropecuario) impidiendo la generalización del disfrute de las mejoras en productividad e ingresos.
Y anota: “La política pública fue segmentada: de alta calidad para los sectores de punta y de baja calidad para las demás actividades, que más bien sufrieron el desmantelamiento de las capacidades para su fomento”.

Álvaro Madrigal