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Martes, 20 de noviembre de 2018



COLUMNISTAS


Los procesos democráticos en la era actual

Arnoldo Mora [email protected] | Viernes 17 agosto, 2018


Los procesos democráticos en la era actual

Pasada la Guerra Fría y ya bien adentrados en el siglo XXI, los cambios políticos se aceleran debido a los avances espectaculares de la ciencia y la tecnología especialmente en la comunicación. Todo lo cual repercute en la práctica política. La violencia parece generalizarse; de ahí la tendencia a acelerar la espiral armamentista con fines geopolíticos pero de raíces económicas. Siendo conscientes de los peligros que esta situación mundial representa para la paz y el bienestar de los pueblos, considero que nuestra prioridad debe ser la de promover los procesos democráticos de inspiración popular como respuesta al actual contexto de polarización. Los signos que nos llegan de todos los rincones del planeta son contradictorios. Lo que sucede en Europa, específicamente en España, que vive la mayor crisis de su historia después del fin de la tiranía franquista, lo mismo que el caso de Portugal, es un ejemplo que nos llena de esperanza. No así lo que pasa en el centro de Europa, donde el fascismo se ha incrementado peligrosamente, como lo prueban las elecciones en Alemania y en Austria, lo mismo que en la antigua Checoslovaquia y Hungría. La xenofobia tiende a asentarse en el poder en Italia y Polonia, por no decir en Estados Unidos, donde Trump sigue dando muestras de una deshumanización con los inmigrantes que solo se veía en los tiempos de la Alemania nazi. El fundamentalismo político y religioso se acentúa en el Israel de Netanyahu. En todos esos procesos, los mayores logros libertarios de las revoluciones democráticas que se dieron durante el ascenso de la burguesía, parecen seriamente amenazados; por lo que su defensa se convierte hoy en día en un deber prioritario en las luchas políticas y sociales de quienes sueñan con un mundo mejor para las actuales y futuras generaciones. Otro tanto sucede en el Continente Americano, donde Trump da muestras de una actitud contradictoria que revela que ciertamente no es un político medianamente racional, pues su mayor preocupación no va más allá de asumir los retos del momento sin otra preocupación que lograr un cuestionable e histriónico éxito con más efectos mediáticos que logros reales. Este panorama en el que los sucesos, los logros, las esperanzas y las amenazas se suman sin solución de continuidad, constituye el contexto que nos permite sopesar lo que espera Nuestra América; luego de un periodo particularmente ominoso, los avances democráticos que parecían verse consolidados, se han visto seriamente amenazados en un nivel de gravedad que amenaza propiciar un retroceso a tiempos que parecían superados. Por todas partes brotan alarmantes signos de actitudes y discursos de inspiración fascistoide. Tal es el caso de los países del Cono Sur, como Brasil, Paraguay, Argentina y Chile. Pero en medio de este preocupante retroceso de los avances democráticos, surge el triunfo de López Obrador en México que, junto a Brasil, constituyen los dos gigantes de Nuestra América. El fin de la “dictadura perfecta” de que hablaba Vargas Llosa hoy muy callado (¡?), es el retorno a los mejores valores e ideales de la dramática historia de México. Espero que la política exterior y la acción diplomática del próximo gobierno mexicano favorezca a las causas populares especialmente en nuestra región centroamericana, la región más violenta del mundo después del Oriente Medio.

 Los pueblos de Nuestra América viven en un estado de violencia que no podrá ser superada si no se logra una salida pacífica basada en un compromiso político de largo alcance que ponga bases sólidas de la institucionalidad democrática. Para ello lo primero que se requiere es que actores locales se sienten a negociar sin presión de fuera y sin otro objetivo que buscar una paz justa y estable, que haga posible un mayor bienestar de sus pueblos y la plena soberanía en sus decisiones y en el disfrute de sus ubérrimos recursos naturales. La solución definitiva, realmente democrática y justa, solo se dará cuando nuestros pueblos, debidamente concientizados y patrióticamente organizados por partidos y gobiernos revolucionarios antioligárquicos y antiimperialistas, conformen estados nacionales sólidos, logrando así hacer realidad la construcción de nuestra segunda y definitiva independencia, esa formidable utopía que forjaron nuestros próceres. Pero este ideal no se logrará ni a corto plazo, ni de un solo salto. Se requiere pasar por etapas. El sujeto histórico que está en condiciones materiales y políticas para llevarlo a cabo no serán solo los fuerzas y movimientos populares, si bien estos deben asumir el papel hegemónico; los sectores medios y las burguesías nacionales no entreguistas están llamadas a ocupar un lugar imprescindible en esta etapa de la historia de la humanidad construyendo un capitalismo de Estado, como paso previo para lograr en un futuro más lejano, pero no remoto, un sistema socialista que se adapte en cada región y país a las condiciones materiales y culturales que les son propias.

El contexto internacional incide de manera directa en la coyuntura que actualmente viven las pequeñas naciones que configuran el istmo centroamericano, cuya importancia política mundial no radica en la explotación de materias primas estratégicas, como el petróleo como fuente de energía, o los cereales en su condición de producto perecedero indispensable para la alimentación. La inconmensurable importancia de Centroamérica —nunca será demasiado insistir en ello— radica en su posición geográfica, que la convierte en un foco de interés geopolítico mundial comparable tan solo con la cuenca del Mediterráneo. El tener costas en el mar Caribe y estar ubicado en las cercanías del Canal de Panamá, la vía interoceánica más importante del planeta, hace que, desde la llegada de Colón a estas tierras, la voracidad de las grandes potencias coloniales e imperiales, las hayan convertido en teatro de innumerables guerras. Para nadie es un misterio que quien domina el mar Caribe domina por ello las dos Américas, de manera similar lo que se da con el mar Mediterráneo, pues quien controla sus aguas domina Europa, el Oriente Medio y el África al norte de Sahara. A lo anterior hay que añadir —y no es poca cosa— que en el mar patrimonial de México hay petróleo, cuya cercanía con el más voraz de sus consumidores, como es Estados Unidos, lo hace aún más apetecible. Además, las regiones consideradas por el Imperio como su patio trasero, se han convertido en las últimas décadas en el corredor obligado por donde transita la cocaína que consume un sector nada despreciable de la sociedad norteamericana, considerada por ello el mayor y mejor cliente de los mercaderes de la droga, cuyo mayor productor y distribuidor es Colombia. Para tener las manos libres y consolidar su tradicional política imperial, Estados Unidos necesita desintegrar los estados nacionales de las repúblicas vecinas del Sur, especialmente de la más grande en población y territorio y la más cercana geográficamente, como es México. Víctima por excelencia de la voracidad territorial del insaciable Tío Sam, México ha sido escenario a inicios del siglo pasado de una revolución de inconmensurable trascendencia en todo el continente, que culminó con la creación de su estado nacional; en las últimas décadas los partidos tradicionales, el PAN y el PRI, han sumido a ese país en una espeluznante espiral de violencia. Otro tanto ha pasado en Guatemala, Honduras y Colombia. La descomposición del estado nacional ha creado en la región un vacío de poder que han aprovechado los poderosos y sangrientos carteles de la droga, con el apoyo de los militares locales y la complicidad activa de la DEA, para convertirse en la práctica en un estado paralelo. Para garantizar sus intereses económicos y geopolíticos, el Imperio ha ocupado militarmente la región mediante la base de Palmerola en Honduras, dos bases en el Canal de Panamá y seis en Colombia. Por su parte, los gobiernos títeres llevan a cabo un exterminio sistemático de dirigentes populares.

Es dentro este contexto regional, por no decir mundial, que debemos analizar la crisis actual que sacude a Nicaragua. En la última década el gobierno de Daniel Ortega había logrado una estabilidad política poco habitual en la turbulenta historia de la patria de Sandino; lo cual se tradujo en un crecimiento económico de un 5,3%, el más alto de la región después del de Panamá. En los últimos meses, algunos desaciertos de Ortega dieron motivo o pretexto para iniciar una protesta sobre todo de sectores medios urbanos, liderados por grupos estudiantiles de universidades privadas. Pronto esa protesta, normal en el mundo actual, se convirtió en una revuelta que alcanzó a otras ciudades y tuvo repercusión en otros sectores sociales, demostrando con ello que la sociedad civil incubaba un descontento real que el gobierno de Daniel Ortega no parecía haber detectado a tiempo. La reacción del gobierno no se hizo esperar revistiendo un carácter de una violencia desmedida. Ortega debió, desde el primer momento, haber dado prioridad a la creación de un ambiente propicio al establecimiento de un diálogo nacional en torno a la elaboración de un proyecto país, que trascendiera la coyuntura actual y pusiera las bases de la consolidación de una institucionalidad democrática, que debió haberse forjado a inicios del siglo pasado, pero que la caída de Santos Zelaya en 1909 por mandato imperial, hizo imposible. La lección que debemos aprender con todo lo que actualmente sucede dentro y fuera de nuestras fronteras, es que la consolidación de un estado nacional que posibilite la construcción en una democracia directa y popular, debe ser la tarea impostergable de todos los países de Nuestra América, especialmente de los nuestros situados en el traspatio inmediato de un imperio en decadencia sacudido por contradicciones internas irresolubles y, por ello mismo, generador de una agresividad rayana en el suicidio.