Andrei Cambronero

Andrei Cambronero

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Jueves 26 Octubre, 2017

Los gustos: límites de la razón

¿Cuál es el fundamento racional para que su guardarropa sea predominantemente en tonos azulados? Si alguien me inquiriera de esa manera, de seguro, contestaría: porque me gusta ese color. Similar respuesta daría si, ante mi comanda, el mesero quisiera saber el motivo de mi predilección por el pie de limón frente a la torta de melocotón.

Cotidianamente, tal tipo de elecciones no son cuestionadas. La gente no va por ahí indagando el porqué de la inclinación hacia los vegetales y no hacia la carne, cuál es la causa directa de preferir las comedias a los dramas o con base en qué teoría usted decide si le atrae o no la persona con quien intercambió miradas en el andén. En una palabra: los gustos y preferencias son un asunto de capricho.



Sin embargo, en ciertos ámbitos sociales, no parece aceptarse un porque me da la gana con tal facilidad. Toda la creación cultural ha estado al servicio de constreñir los ámbitos instintivos y de generar una suerte de “espontaneidad controlada”; la estética, la ética y el derecho (por citar algunas disciplinas normativas) brindan —para decirlo con Berger— herramientas nomizadoras a partir de las cuales se marca el tinglado. Es deseable que el artista sea “creativo", pero sus creaciones serán sometidas a la crítica que —según unas pautas preestablecidas— dirá si el producto merece las palmas o la hoguera.

Sobre lo bueno y lo malo hay que decir lo mismo: puedo preferir el mínimo esfuerzo y copiar en el examen antes de quemarme las pestañas; mas, eso sería éticamente reprochable y, consecuentemente, mi deseo será sofocado por alguna “regla de oro”, como podría serlo honestidad ante todo. Siguiendo esa lógica, el derecho sirve para contener ciertas satisfacciones (como la de practicar la venganza por propia mano) y también para regular conductas caprichosas (como ampliar, a placer, los límites de mi propiedad simplemente moviendo la cerca).

Las anteriores estampas, en vertientes contrapuestas, retratan escenarios poco conflictivos; no obstante, el tema se puede volver especialmente complejo cuando un grupo pretende cuestionar, desde una fachada "racional", los gustos muy personales de otros. En el pasado, la soltería —principalmente en las mujeres— era mal vista: ¡pobrecilla! Se quedó para vestir santos, era la frase emblema para cuestionar una decisión tan personal como la de si se comparte un trecho de la vida con otra persona; afortunadamente, hoy ese gusto se ha aceptado e incorporado mediante categorías conceptuales específicas como la neosoltería.

En perspectiva, los prejuicios hacia los gustos y preferencias de otros se tratan de justificar (porque es feo ser conocido como un prejuicioso o un carca) con invocaciones metafísicas, biologicistas, lógicas, de sentido común o funcionalidad social. Ciertamente, la estandarización de comportamientos es imprescindible para dar cohesión al cuerpo societal, pero hay acciones que simplemente no agradan pese a no atentar, en modo alguno, con esa estabilidad del mundo.

Por ello, se buscan argumentos de la más diversa laya para hacer ver lo errado de la propensión a determinada persona, cosa o fenómeno. En temas polémicos, como con quién se debe o no compartir las sábanas o las creencias religiosas, se han desbordado los ríos de tinta para, finalmente, llegar al acuerdo de que no hay acuerdo.

Cuán estéril es discutir con un monje para que cambie su creencia, poco exitosa será la empresa de convencer a aquel —cuya existencia entiende en función de su rol o puesto— que nadie ambiciona su parcelita de poder; en esos casos, lo único posible es mostrar cuáles son las consecuencias prácticas de sostener tales posturas. Difícilmente podrá decírsele a alguien que, de la noche a la mañana, abjure de su fascinación por los dulces, que deje de salivar cuando imagina una barra del mejor chocolate o, peor aún, querer variar su paladar para que sienta un tremendo amargor al comer azúcar; ahí solo se puede intervenir con un si mantiene su ingesta de glucosa, probablemente desarrollará diabetes.

El escenario político-electoral es terreno fértil para dar opiniones propias y cuestionar posturas ajenas; muchas veces la sensación es que los locutores no se comprenden o que jamás se pondrán de acuerdo con un gran proyecto país. El quid está en discernir: ¿se está discutiendo de gustos, preferencias o enmascarando prejuicios? Si es así, entonces, no se irá a ningún lado; como bien apuntaba Serrat: contra gustos no hay ni puede haber disputas.

La enseñanza de esto es que toda construcción racional para combatir un gusto personal tiene un alma de moralina; los límites de la razón están en el instinto que dicta para mí vale la pena X. Ello no nos condena al caos, mucho menos a la concupiscencia o al canibalismo; antes bien, nos permite centrarnos, desde lo normativo (que cristaliza lo deseable), en dictar pautas para abordar las consecuencias reales de esos deseos, sin aniquilar —con antorchas y trinches— la individualidad de cada ser.