Claudia Barrionuevo

Claudia Barrionuevo

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Lunes 19 Julio, 2010



En el cine lo que no se ve no existe, nadie hace películas con la pretensión de que el público no las vea

Lo que no se ve no existe

La dramaturgia es un género literario. Aunque las obras de teatro se leen como literatura algunos textos son obligatorios como cultura general si no viven aunque sea de manera efímera en la tridimensionalidad de la escena, para mí no existen.
Los guiones de cine no son literatura. Y aún menos que el teatro no existen si no son convertidos en imágenes.
Eso sí: en ambos casos cine o teatro la comunicación con el público es el objetivo principal de la creación.
Una entretenidísima novela del norteamericano Paul Auster, “El libro de las ilusiones”, cuenta la historia de Hector Mann, un misterioso actor de cine de Hollywood que poco antes de los inicios del cine sonoro desaparece sin dejar rastros. Una serie de tragedias personales lo lleva a vivir exilado del mundo junto a su esposa y al director de fotografía de sus años dorados, en una hacienda perdida de Nuevo México. Allí realiza 11 largometrajes y tres cortos de excelente calidad “con la intención consciente y premeditada”, de que nadie los vea nunca. Después de muerto su mujer acata su última voluntad y quema “cada prueba, cada negativo, hasta el último fotograma”.
Las culpas que carga por la muerte de una novia de juventud lo obligan a tomar la decisión de hacer invisible su obra. “Era una privación brutal, y sin embargo solo sacrificando lo único que habría dado sentido a su obra el placer de compartirla con los demás podría justificar su decisión de realizarla.”
Más allá del apasionante relato late un cuestionamiento filosófico fundamental: en el cine lo que no se ve no existe. Porque nadie hace películas con la pretensión de que el público no las vea.
En Costa Rica cada productor debe realizar un vía crucis de gestión con las cadenas de cine: acordar el porcentaje que va a recibir por la venta de las entradas, lograr que todas las copias sean proyectadas y conseguir un tiempo en la cartelera. Esto provoca que los negociadores más hábiles, los que tienen más capacidad para el cabildeo, consigan las mejores condiciones al tiempo que los menos aptos en las artes de la transacción o los más ansiosos en ver su película en la pantalla grande acepten las condiciones que les sean impuestas cuestionando poco o nada.
Es obligación del Estado a través del Centro de Producción Cinematográfica Costarricense y del Ministerio de Cultura proteger la producción nacional cinematográfica. Este año los estrenos de cine costarricense han sido varios y vienen más. La ley de cine que desde hace algún tiempo se discute entre los interesados debería pasar a la instancia superior la Asamblea Legislativ y ser aprobada en esta administración.
Es fundamental que sin perjudicar a las cadenas de cine se facilite la proyección de películas nacionales fijando un porcentaje de la taquilla para los productores nacionales, una cantidad de salas que incluyan todas las regiones del país y una permanencia en cartelera acorde con la cantidad de público asistente.
De igual manera y tal como existe en otros países se podría cobrar un impuesto sobre las entradas de cine para crear un fondo de ayuda a la producción cinematográfica.
Ya podemos decir que Costa Rica tiene cine. Debemos apoyarlo porque en el caso del sétimo arte definitivamente lo que no se ve no existe.

Claudia Barrionuevo
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