Juan Manuel Villasuso

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Miércoles 9 Septiembre, 2009


Dialéctica
Hace pocos meses, cuando el Banco Central estimaba en un 9% el aumento de los precios para este año y los monetaristas prescribían medidas para contener el crédito y el gasto público a fin de cumplir metas inflacionarias (algo que los obsesiona sin importar la fase del ciclo económico), escribí en esta columna que la inflación seria la mas baja de las últimas décadas y que era indispensable que se aplicaran políticas para reactivar la producción y el empleo.

Remito a esos comentarios: "Equilibrios que obsesionan" (
http://www.larepublica.net/app/cms/www/index.php?pk_articulo=22213); "El Banco Central en la picota" (http://www.larepublica.net/app/cms/www/index.php?pk_articulo=22501); y "El Banco Central no quiere la reactivación" (http://www.larepublica.net/app/cms/www/index.php?pk_articulo=24116).

Los últimos datos del Indice General de Precios al Consumidor, calculado por el Instituto Nacional de Estadística y Censos (INEC), no dejan lugar a dudas. Durante los primeros ocho meses de 2009 los precios de los bienes y servicios solo han aumentado un 2,8% y la inflación anualizada se estima en un 5,7%, la menor desde la década de los años setenta.

Esta reducción de la inflación, o desinflación, como algunos prefieren llamarla, tiene importantes consecuencias positivas, especialmente para aquellos que reciben rentas fijas o ingresos que se ajustan mas lentamente que la subida de los precios, como es el caso de los asalariados, pero también tiene efectos y repercusiones negativas.

Si consideramos que el menor crecimiento de los precios se debe fundamentalmente a la contracción de la demanda interna, al reducido ritmo de las exportaciones y a la merma de la inversión privada, afectada por las altas tasas de interés del sector financiero nacional, resulta entonces evidente que estamos pagando un elevado costo por la menor inflación en términos de disminución de la producción, mayor desempleo y descenso en la formación de capital.

El momento desinflacionario que vivimos en Costa Rica, al igual que en muchas naciones desarrolladas y otros países de la región, ratifica la vigencia de una relación inversa entre los cambios que ocurren en el empleo y la variación de los precios. Dicho de otra manera: la contracción de la producción, que conlleva mayor desocupación, tiene como contrapartida menores tasas de inflación; y viceversa.

Este comportamiento de las variables macroeconómicas, descrito por primera vez por el economista neozelandés A.W. Phillips en 1958, y cuya validez no es cuestionada en el corto plazo, plantea que es imposible conseguir simultáneamente una baja tasa de inflación y un alto nivel de producción y empleo, por lo que la política económica tiene que decidir cual es la combinación que considera, en un determinado momento, como la menos nociva.

Como lo he expresado en otras oportunidades, ante la necesaria escogencia entre estos dos males económicos (desempleo e inflación) estoy persuadido de que la desocupación es mucho mas nefasta, tanto desde el punto de vista económico como social y humano, que el aumento de los precios, que deteriora el poder adquisitivo pero no deja sin ingresos a las familias.

Así las cosas, ¿no habría sido preferible en las actuales circunstancias recesivas haber optado por algo mas de inflación a cambio de una caída menos drástica en la producción, menor desocupación y mayor estímulo a la inversión nacional? La reducción de las tasas de interés lo lograría.