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¿Llegó a su fin la manía de bitcoin?

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No cabe duda de que la reputación de bitcoin, la moneda electrónica no emitida por ningún banco central, ha recibido un fuerte golpe con la caída de Mt. Gox. Esta era hasta hace algunos meses una de las más importantes empresas de intercambio de bitcoins del mundo. Se estima que Mt. Gox perdió (o estafó o le fueron robadas, no está claro todavía) más de 850 mil bitcoins, lo cual representa alrededor del 6% del total existentes, con un valor estimado de $500 millones.
Antes de esto, bitcoin había logrado captar la atención del mundo, pasando en unos cuantos meses de valer algunos dólares a más de $1.100.
A partir de la quiebra de Mt. Gox se han intensificado las voces de quienes argumentan que bitcoin no debería valer nada porque no satisface ninguna necesidad real y que su cotización refleja la especulación de quien piensa que siempre habrá alguien más tonto a quien venderle la moneda a un precio todavía más alto.
Por otro lado, están quienes piensan que bitcoin no es más que una patraña, un fraude o un esquema Ponzi para obtener ganancias a costa de la ignorancia o ingenuidad de otras personas.
Es verdad que la tecnología y las aplicaciones de bitcoin están todavía en su infancia, en la fase de adopción temprana de los no expertos. Sin embargo, no cabe duda de que bitcoin (y otras monedas digitales) representan un ejemplo clásico de una tecnología disruptiva que tiene el potencial de ser un competidor importante de industrias como el envío y transferencia de dinero, así como de otros servicios financieros como las tarjetas de crédito.
Por ejemplo, los inmigrantes en países desarrollados mandan a sus familias más de $400 miles de millones al año y se estima se incremente a más de $500 miles de millones para 2015. La gran mayoría de estos envíos cobran un promedio global de comisiones de un 9% y pueden tardar días. En contraste, la comisión por usar y enviar bitcoins no llega al 1%. Nuevas empresas que utilicen la plataforma de bitcoin para el envío de remesas de manera económica y rápida puede representar un incremento considerable en el nivel de vida de las familias más pobres.
Por otro lado, como toda tecnología naciente, su uso es todavía complicado. Es de esperarse que con el tiempo y gracias al ingenio de emprendedores, se vayan desarrollando interfaces con el usuario y maneras de operar mucho más amigables.
También es verdad que la regulación aplicable al uso de bitcoins, desde la protección de los derechos de propiedad de los dueños de estas monedas hasta la aplicación de reglas contra el lavado de dinero o las implicaciones fiscales de su generación, compra, venta e intercambio, deben ser todavía aclaradas.
Lo importante será que, a medida que estas regulaciones vayan siendo implementadas, su peso no sea tan oneroso como para impedir el desarrollo de nuevas soluciones e innovaciones. En este sentido, los gobiernos deberán decidir si siguen el ejemplo de países como Rusia o China, que ven en bitcoin una amenaza y han optado por prohibir su uso o limitarlo severamente. O bien, si deciden adoptar una actitud como la de autoridades en Estados Unidos o Gran Bretaña, quienes se muestran más abiertos a permitir y regular el uso de monedas digitales.
Un claro ejemplo es Benjamin Lawsky, superintendente del Departamento de Servicios Financieros del Estado de Nueva York, quien en una entrevista para el Financial Times dijo: “…nos encantaría hacer de Nueva York un lugar al que vinieran estas compañías (que operan alrededor de bitcoin y otras monedas digitales) y que continúen el florecimiento de Nueva York como un centro medular del área tecnológica”.
El futuro de bitcoin está todavía por escribirse.

Rafael Ramírez de Alba
Profesor Entorno Económico, IPADE Business School


 

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