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Lunes 21 Diciembre, 2009

Las promesas de cada cuatro años no se pueden cumplir

Llama poderosamente la atención como la ciudadanía recibe con agrado la llamada “tregua navideña” que el Tribunal Supremo de Elecciones impone a los partidos políticos, eximiéndonos en ese periodo de la obligatoriedad de estar escuchando cansadas promesas de campaña que buscan atraer votos a sus molinos partidarios.
¿Qué es lo que más nos desagrada de esa estrategia de campaña? Creo que no es tanto el diseño de la propaganda, sino la cantidad de promesas que se exponen y que la gran mayoría de los ciudadanos sabemos que no se van a cumplir.
Las causas de tanta incredulidad se sustentan en diferentes aspectos que involucran la estructura del Estado costarricense, y que los candidatos presidenciales o desconocen o no les dan la importancia debida ya que son simples promesas de campaña.
Administrador del erario público: Semejando a una empresa privada, el presidente de la República se convierte en el gerente general de una gran empresa llamada “Estado costarricense”, y busca a través de un grupo de colaboradores cercanos (ministros, presidentes ejecutivos, asesores), inferir positivamente en los diferentes conceptos que acuñaron a través de promesas de campaña y que en teoría son el reflejo de una forma de pensar cincelada en la academia, o producto de la influencia de corrientes modernistas favorecidas por la globalización.
Instituciones públicas sordas y atrofiadas: No se tarda mucho tiempo desde la llegada a sus despachos, en darse cuenta de que en las instituciones a administrar tienen sus propios caudillos intocables protegidos por convenciones colectivas, que existen procedimientos legalmente institucionalizados que van minando el entusiasmo del administrador, que hay empleados desmotivados que tienen más su mirada puesta en la pensión, que en arrollarse las mangas y realizar el trabajo en forma eficiente y apuntando hacia los objetivos trazados por el jerarca de turno.
No hay plata para tanta promesa: Igualmente y en forma rápida, se dan cuenta de que una gran parte de los presupuestos se direccionan a pagar planillas, que si desean traerse gente de alta y probada capacidad, que logre tener una visión fresca de lo que debería ser el Estado, antes de superar el alambique administrativo convenientemente creado por los administrados, deben primeramente buscar la forma de superar los bajos salarios que deben pagar.
Justamente al final del periodo de gobierno cuando ya conocieron y entendieron el funcionar de esa enmarañada institución, y tras aceptar que es imposible luchar contra el Goliat obseso y comelón del Estado, tienen dos opciones; salir anticipadamente en la búsqueda de nuevos parajes políticos que les garanticen su vigencia, o rezar desesperadamente para que en el tiempo que les queda no sean demandados por alguna de las leyes que celosamente los han vigilado, o que no haya caído sobre ellos la desgracia de tener a los empleados serruchándoles el piso por haberse atrevido a romper el cómodo statu quo institucional.

Mynor Retana C.
Director, Banca hipotecaria
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