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La Tía Chu siempre fue un bicho raro, desafiante y poco consciente de los peligros que corría por no ser el camaleón que en Costa Misa siempre le pidieron que fuera. Ella había andado porel mundo, orgullosa, alzando su cola de fuertes colores y extendiendo sus alitas pequeñas que no terminaban la muda… Y así empezó la historia que escucharían pronto los ratoncitos italo-costarricenses, pero después de que ellos se durmieron, ella recordó otra historia, una para lo cual ellos aún no están listos.

Se quedó sin aliento, la Tía Chu al enterarse de a poquitos de la noticia a través de las redes y los medios de comunicación. 50 personas muertas, 50 familias, pero cuántas personas más afectadas por la masacre en un bar en Orlando, Estados Unidos. No podía dejar de pensar en Doña Gallina, su mamá, y en cuanto esta lloraría si le apagaran el color y la vida a su linda hija emplumada.

Dos días después de la masacre, la Asamblea Legislativa aprobó una moción para hacer un minuto de silencio por las personas fallecidas pero la Tía Chu sabe que ha sido precisamente  el silencio lo que ha permitido que tanto éstas como muchas otras vidas se extinguieran de una manera tan trágica. En Orlando, en México, en el mundo… Ese silencio de quienes legitiman la mezcla entre religión, derecho y ciencia y los disfrazan de verdades únicas para aterrorizar. 

El país que la Tía Chu quiere para sus ratoncitos no se construye a base de silencio, sino decantos y acciones, individuales y colectivas para erradicar la legitimidad del discurso de las personas que proclaman que “Nada justifica la violencia” y que dicen solidarizarse con las víctimas pero inmediatamente vociferan que eso no significa que todas las personas tengan derecho al amor, a formar una familia y a ser quienes quieran ser y cambiarse las escamas por las plumas que elijan. 

“!Homolesbobitransfobia!”. La Tía Chu se muere de la risa pensando que para los ratoncitos, esta palabra será como un trabalenguas.  Luego sonríe pensando en que cuando se conviertan en señores Ratones (o en quien decidan ser) entenderán el valor de las diversidades en sus vidas y no temerán viajar, hacer amistades con personas distintas a ellos, probar nuevas comidas. El corazoncito de la Tía Chu se encoge como una ciruela, de esas que tanto le gusta comer… Qué tal si… Ay, no… Y de nuevo lágrimas de fuego porque esas 50 muertes fueron de ratoncitos cuyas abuelas también eran Doñas Gallinas. Muertes que quedarán impunes porque la culpa no es solo de quien tira del gatillo.

Un diputado que responsabiliza a las víctimas por estar disfrutando de la vida y de la noche. La abogada que dice que la protección jurídica es solo para algunas relaciones y para otras no. Un director de escuela que guarda silencio cuando un estudiante le pega a otro porque era un “afeminado”. El policía que no atiende una llamada de auxilio de una mujer trans trabajadora sexual. Al final del día dicen solidarizarse con las víctimas de la masacre y rezan pero olvidan que las oraciones no redimen la responsabilidad de quienes usan máscaras de amor para hablar de un ser supremo que castiga la diferencia. Susurrar o gritar discursos de odio también debería ser delito porque alimentan el odio que tira del gatillo del arma que asesinó a las 50 personas en Orlando y también del gatillo de las pistolas de balines con las que han venido atacando en las últimas semanas a las trabajadoras sexuales trans en Costa Rica.

La Tía Chu no reza por sus ratoncitos y por su derecho a decidir quién quieren ser y con quien quieren estar.  Ella se organiza y construye con otros pájaros y pájaras de diversos colores y diferentes trinos, un mundo de escarcha multicolor, de árboles altos y fuertes, donde puedan convivir en paz y armonía y en donde no lleguen las piedras de quienes desde el suelo tratan de acallarles.

Todavía falta mucho pero es tiempo ya y la Tía Chu, deja caer el lapicero, estira la cola, extiende las alas y continúa volando. Doña Gallina la mira despegar y solo puede confiar en que este no sea el día en que los cazadores maten a su hija.

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