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Miércoles, 14 de noviembre de 2018



COLUMNISTAS


Las cenizas

Claudia Barrionuevo [email protected] | Lunes 30 mayo, 2016


 La realidad es que estamos bajo una nube de ceniza que algunos días nos inunda más que otros

Las cenizas

Amanezco terriblemente cansada a pesar de haber dormido bien. Me dirijo al baño y mi gatita se me atraviesa, entra en el clóset y vomita directamente sobre mis botas nuevas. Mientras toso más dramáticamente que la Mimí de “La Bohéme” y la Violeta de “La Traviata” juntas, noto en el espejo que mi cabello se ve sucio a pesar de haberlo lavado la noche anterior.
Luego de ducharme sigo sin energía además de sufrir un leve dolor de cabeza. Camino descalza un par de metros y, al ponerme los zapatos, noto que las plantas de mis pies se ven azuladas. Casi me arrastro hasta la cocina, siempre tosiendo y descubro que mi jardín ha perdido el verde con que lo pintaron las primeras lluvias. Me arden los ojos al verlo; objetivamente me “enchilan”.
El carro ha cambiado de color; cuando levanto los anteojos de sol para verlo bien, empiezo a lagrimear sin poder evitarlo; me resbalo un par de veces antes de llegar a la puerta del conductor.
Voy a trabajar. No pasa nada. El mundo no se está acabando; no ha llegado el apocalipsis, no tiraron la bomba atómica sobre nuestro paisito. Pero yo me siento pésimo: un día sí, el otro también y el tercero peor.
De repente me doy cuenta de que todos los sucesos antes relatados tienen un solo responsable: el volcán Turrialba.
Bueno, nadie me tiene a mí habiendo escogido vivir en el centro de un territorio rodeado de volcanes activos. Remotamente, sí, del Rincón de la Vieja y del Miravalles: más de 220 kilómetros; lejos del Arenal: a 160; ahí nomás del Irazú, el Poás o el Turrialba: entre 46 y 57 kilómetros de distancia entre ellos y mi casa.
He estado al tanto de las noticias pero me aterroriza ver los videos térmicos donde el agitado movimiento de los gases, el lanzamiento de materiales sólidos y los colores que determinan el calor parecen representar el fin de… por lo menos una era.
Los consejos para aliviar los efectos de las erupciones volcánicas dados por los comunicadores en los más diversos medios no son de fácil aplicación. Cierre puertas y ventanas: ¿con el calor que hace? No, no puedo, me ahogo. Peor aún si cumplo con la recomendación de poner trapos húmedos en cuanta rendija exista en la casa. ¿Es en serio? No me alcanzan los trapos y me sobran las rendijas.
¿Que salga a la calle con una mascarilla sobre la nariz y boca? ¿De verdad? A ver: he superado muchos miedos al ridículo, pero ¿andar con anteojos y mascarilla por la calle como ciudadana china en medio de la peste aviar? No lo logro.
La realidad es que estamos bajo una nube de ceniza que algunos días nos inunda más que otros. Y, como los seres humanos nos acostumbramos a todo, la vida sigue, cada vez hablamos menos del tema e ignoramos los efectos que la realidad ejerce sobre nosotros.
Me encantaría limpiar la chimenea de mis horribles hermanas y (teniendo la edad que tengo) recibir a un príncipe azul con un hermoso par de zapatos (7,5 u 8 dependiendo de la horma). Pero en estos días no me siento como la Cenicienta; me percibo más bien como un cenicero.

Claudia Barrionuevo

[email protected]