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Martes 24 Marzo, 2009

Las voces del mal


A veces me hago invisible y camino por los pasillos del mundo sin que nadie me note, en otras ocasiones escribo con la intención de que nadie me lea. A veces soy poderoso y tengo la capacidad, para bien o para mal, de conmocionar al mundo; como cuando estoy tras un volante o con un lápiz en la mano.
En ocasiones mi cabeza está en paz y silencio, pero en otras, las voces del mal se apoderan de ella y se me ocurren cosas terribles, como cobrar venganzas o gritar muy alto. Con frecuencia las voces, internas o externas, irrumpen mi pensamiento y sugieren que no haga a conciencia mi trabajo, que conduzca como loco, o que tome la vía fácil para hacer dinero o lograr prestigio.


Resulta tentador hacer caso a esas influencias presentes en toda parte y circunstancia, pues son pocos o nulos los ámbitos vitales que nos restan donde ser auténticos, donde encontrar el espacio interno que nos permita meditar sobre nuestras decisiones (o la ausencia de ellas).
El silencio nos aterra, pues cuando acallamos esas fuertes voces que deciden por nosotros, surge esa leve pero aguda vocecilla llamada conciencia. Como bien dijo Nietzsche: “hasta el más valiente de nosotros pocas veces tiene el valor para enfrentarse con lo que realmente sabe”.
No hablamos aquí de ninguna creencia religiosa, sino de la simple y llana capacidad humana de saber si lo que se hace es social o moralmente aceptable. El problema es que la decisión correcta, por lo general, implica un sacrificio; el de no tener instantáneamente lo que queremos y postergar la satisfacción o negárnosla por el bien de los otros.
Podemos pasar inadvertidos por la vida (casi invisibles) o tratar de que todos noten lo que hacemos. Bajo cualquiera de las dos circunstancias, ojalá sea nuestra voz interna la que nos oriente, y no las escandalosas voces de la sinrazón.
Los seres humanos tenemos una capacidad casi inequívoca de distinguir el bien del mal, pero, como dijera el Doctor Jekyll de sí mismo en la magistral obra de Stevenson: elegimos el bien, pero nos faltan las fuerzas para llevar adelante nuestra elección, nos falta la voluntad para cumplir lo que exigen las decisiones correctas.


Rafael León Hernández
Psicólogo