Claudia Barrionuevo

Claudia Barrionuevo

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Martes 22 Marzo, 2016

 “Todos los afectos que están ahí permanecen hoy en mi vida y los momentos ocurridos me pueden producir nostalgia, saudade, pero nada merece ser borrado, bloqueado, olvidado”

La vida en la red


La semana pasada, buscando el audio de un programa de radio que había escrito, ignorando la fecha en que había sido emitido, y sabiendo que lo había publicado en mi muro de Facebook, recorrí varios años para atrás de “mi vida” en la red hasta que lo encontré.
Solo publico mis artículos, promociono puestas en escena y películas, expongo algunos trabajos de mis alumnos y subo unas pocas fotos de momentos muy felices con mis amigas y mi familia. De manera que esa navegación hasta 2011 no tiene momentos desgarradores. Tristes, tal vez, por la muerte de algún ser querido. Pero todos los afectos que están ahí permanecen hoy en mi vida y los momentos ocurridos me pueden producir nostalgia, saudade, pero nada merece ser borrado, bloqueado, olvidado.


Y no es que yo “photoshopee” mi vida para hacerla lucir más feliz, agradable o perfecta. Muy por el contrario: el sentimiento de insatisfacción que me acompaña desde hace muchísimos años me provoca quejarme bastante seguido. Eso sí: solo ante los íntimos o suavizándolo en una columna o tomándolo con humor en un texto teatral. Jamás en Facebook.
No todos publican con discreción. En realidad la mayoría decide compartir con el mundo virtual todo, absolutamente todo: fotos de lo que come; informes médicos personales; frases célebres cuya autoría siempre está mal adjudicada; buenos deseos para el día que empieza… etc. Nadie sale perjudicado ni ofendido: todo bien.
Lo complicado es cuando los usuarios empiezan a expresar en las redes lo totalmente enamorados que están de alguien. Van fotos para acá, manifestaciones amorosas para allá, comparten casi más en sus muros que en la vida real, declaran que nunca fueron TAN felices (muchas veces para que le duela a un tercero) y también todo bien. Hasta que se acaba. Como se acabó con el tercero o el tras anterior.
Porque, señores, no nos engañemos. No quiero pecar de pesimista o negativa pero hay una verdad casi absoluta que escribió José José y Natalia Lafourcade la canta de manera encantadora: el amor acaba.
En los tiempos de las fotos impresas se acostumbraba romperlas o devolvérselas al otro. Lo primero evidencia la rabia, lo segundo es cursi a morir. Pero era un acto privado: pocos habían visto las fotos, nadie más que los interesados las recordaban, que desaparecieran lo notaban pocos. Ahora no.
Hace dos años, mi amiga Inés conoció a un hombre y se convenció que era el amor de su vida. Así, lo gritó a los cuatro vientos que, en tiempos de Internet, quiere decir que lo escribió en cuanto espacio virtual existe. Desde febrero, cuando la relación colapsó, Inesita recorre los muros de su pasado desgarrada: no se sabe si le duele más el ego, la traición o la ausencia. Lo peor: no ha descubierto la forma de borrar su vida expuesta ante todos. Su hijo la va a ayudar mañana.
No le espeté “yo te lo dije”. Solo le pregunté cómo se había enamorado tanto de ese idiota. “Cómo no me iba a enamorar de él después de todas las virtudes que le inventé”, me contestó. Y como el tema da para una comedia, en esas estoy.

Claudia Barrionuevo
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