Tomas Nassar

Tomas Nassar

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Jueves 16 Febrero, 2012


VERICUETOS
La vida en Costa Rica (1)

Cuando entré a la U en la década de los setenta, a falta de videojuegos, computadores y otros artilugios similares, me entretenía, como la mayoría de los jóvenes, con los avatares de la política en media guerra fría y con la lectura, una pasión que compartíamos la mayoría de los contemporáneos.
En esos días, los primeros como universitario, la Editorial Costa Rica había instalado un puesto de promoción y venta de sus obras al costado sur del primer piso del edificio de Ciencias y Letras, en el que ofrecía una colección completa por 3 mil pesos; suma de la que, por supuesto, no contaba ni soñaba disponer.
Mi tata no andaba en buenos tiempos económicamente hablando, por lo que mi sueño de conseguir ese paquete de obras nacionales no estaba muy cerca de hacerse realidad.
Recuerdo que cada vez que iba a Estudios Generales, me tomaba mi buen rato para palpar y oler los libros, extraña costumbre qué aún conservo, ritual que celebraba tanto a la entrada como a la salida de clases y que, probablemente, era visto por el encargado del kiosco como una rareza de un carajillo pelón (coco, como exigían las buenas prácticas de ingreso a la UCR), flaco y orejón como ninguno.
Era la época en que el Ministerio de Cultura publicaba algunas series de libros que, si no recuerdo mal, distribuía gratuitamente entre los apasionados lectores de escuálidos bolsillos, como parte de un programa de difusión cultural y promoción de la lectura que, ojalá, pudiera revivir el Ministro Obregón en esa Cartera de fondos también exiguos de estos tiempos.
Uno de estos días, acomodando los estantes de mi biblioteca personal, tuve tres rencuentros amorosos. El primero con la famosa biblioteca de 3 mil pesos que mi tata finalmente me había podido obsequiar y que yo, fiel a la magnitud del esfuerzo que debió haberle significado, acabé por leer de cabo a rabo; el segundo, con un ejemplar de El Costarricense de Constantino Láscaris, una obra magnífica que debería rescatarse en esta época en que tenemos una profunda crisis de identidad como nación; y por último, una copia de La Vida en Costa Rica, editado en 1975 por el Departamento de Publicaciones del Ministerio de Cultura como parte de la serie “Nos Ven”, compuesta por obras de extranjeros que versaban sobre Costa Rica y los costarricenses.
La Vida en Costa Rica fue escrita en 1944 por John y Mavis Biesanz, ambos doctores en Sociología de la Universidad de Iowa, quienes vinieron a Costa Rica en un programa de intercambio con la UCR y vivieron en Heredia vinculados también a la Escuela Normal desde 1941, conviviendo con extraordinarios costarricenses como Roberto Brenes Mesén, don Vicho Elizondo, Carlos Monge, Angela Acuña, Carmen Lyra, Emma Gamboa, don Rodrigo Aragón, don Lalo Gámez, Rodrigo Facio y mi recordado y querido profesor de Derecho Romano don Fernando Fournier Acuña.
No sin un dejo de nostalgia, me he recreado durante estos días leyendo y releyendo por partes La Vida en Costa Rica que nos evoca nuestra sociedad de la primera mitad del siglo pasado, “un modelo de democracia, una tierra de paz, trabajo duro y progreso… (sic)”, sobre el que volveré con ustedes, por razones de espacio, en la próxima edición de esta columna.

Tomás Nassar