Claudio Alpízar

Claudio Alpízar

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Jueves 7 Julio, 2016

La política nacional esta urgida de nuevas ‘caras’ para generar nuevos acuerdos; mientras se perpetúen los mismos y sigan haciendo lo mismo, los resultados serán los mismos

La urgente ambición colectiva del futuro


Se volvió costumbre para algunos de los actuales “políticos” desdeñar con gran ligereza los fundamentos de los grandes objetivos y metas que han sido el sustento de nuestro sistema democrático, que como grandes vértices de sus planteamientos ha tenido a la solidaridad, la justicia social y el bien común.
Estamos urgidos —sí a nivel de emergencia— de dirigentes políticos con un sólido conocimiento de la evolución política de Costa Rica, que les ubique correctamente en las potencialidades de nuestra ciudadanía, de lo que hemos sido capaces de hacer, inclusive cediendo en intereses particulares y mezquinos para anteponer el bienestar general. Lo que fue posible en el pasado por la disposición de llegar a acuerdos.


Empero, en la actual coyuntura política es imperativo un cambio en la mayoría de la dirigencia de los partidos políticos, los sindicatos, los grupos de presión y hasta en las cámaras empresarias, que permita renovar la confianza perdida entre ellos. Las estructuras actuales tienen dirigentes que hasta por más de 20 años han estado en la política —en sector público y privado— demostrando incapacidad para llegar a acuerdos por la carencia de confianza con sus pares.
La política nacional esta urgida de nuevas “caras” para generar nuevos acuerdos; mientras se perpetúen los mismos y sigan haciendo lo mismo, los resultados serán los mismos. Renovar ilusiones y personas es clave para los cambios y las decisiones importantes.
Hemos de retomar un discurso de historia común, estamos obligados a buscar las raíces de una visión conjunta que solo se puede lograr mediante una voluntad colectiva de nuevos actores, que antepongan el interés nacional sobre el protagonismo de vanidades. Sin vacilaciones urge una ambición colectiva de futuro para salir del decaimiento y enfrentamiento permanente al que muchas de las figuras políticas actuales nos llevaron a padecer.
La evolución espiritual que este pueblo logró promover por décadas, centurias, ha sido disipada por una clase política que ha traicionado los valores fundamentales que hicieron de la nuestra una nación admirada en el continente y más allá.
La continuidad histórica de nuestra sociedad fue suspendida porque vinieron políticos a ejercer el poder olvidando la dirección establecida y que germinaba desde las entrañas de una ciudadanía comprometida con la superación permanente.
Hoy estamos ayunos de gobernantes con facultades imaginativas para un porvenir común, a sabiendas de que en el alcance del desarrollo solo avanzan en su logro las naciones que se sueñan a sí mismas. Sin imaginación un pueblo está condenado al fracaso y a la falta de originalidad de un camino propio.
Una sociedad escéptica en cuanto a sus capacidades y cualidades, junto con una clase política que siente que el pesimismo es propicio para generar sus discursos y sumar adeptos de la desilusión, es fórmula para transitar por un despeñadero.
Solo una nueva dirigencia política que anime a sus ciudadanos, que no mire el futuro desde las riberas de la desesperanza y la desilusión, puede acometer los grandes retos de un mundo competitivo, cambiante y globalizado en el cual la rigidez ideológica está superada. Más cuando ninguna sociedad es tan fuerte que pueda mantenerse altiva frente a las debilidades y las carencias de sus dirigentes políticos.

Claudio Alpízar Otoya, Politólogo