Leopoldo Barrionuevo

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Domingo 20 Septiembre, 2009


ELOGIOS
La soledad

La raza humana debió nacer en sociedad, porque no tenía otro camino para reproducirse y sobrevivir, además le debió ser muy difícil, por no decir imposible, encontrarse en soledad, que era salir del mundo exterior para ingresar en el otro mundo, el del pensamiento, la meditación, la mismidad. Es por ello que José Ortega y Gasset cuestionaba el “Contrato Social” de Rousseau en la medida que una sociedad no se constituye por acuerdo de voluntades porque tal acuerdo presupone la existencia de gentes que conviven y en consecuencia, la idea de una sociedad contractual, jurídica “es el más insensato ensayo que se haya hecho de poner la carreta delante de los bueyes”, escribía.
Ser social debió llevar tiempo al hombre, al igual que llegar a administrar un lenguaje con el cual poder expresarse y hacerse entender, algo que hasta la fecha sigue siéndole dificultoso si tenemos en cuenta que el hablar es decir algo a alguien, esto es dialogar, el ejercicio más complicado de cuantos intentan los políticos, en especial los demagogos y los candidatos a algún puesto electoral.
Ser social es una necesidad de supervivencia, si usted quiere, en la medida que somos parte de los otros pero sin dejar de ser uno, persona, individuo. La soledad es una carta de la baraja que siempre nos queda para escapar de ella o para refugiarnos en su encanto; no se puede amar sino en soledad de dos en compañía, una frase que no es tan trillada como lo parece, ya que amar es unir siquiera un momento dos soledades y no solamente como resultado de la pasión, por decirlo de alguna manera.
Es más fácil considerar a la testosterona un elemento más —cuando se es joven— de lo que consideramos amor y aceptar que une a dos seres para alcanzar la plenitud y eludir la soledad, pero de un modo u otro, es fundamental la intervención del pensamiento para equilibrar la presencia y la necesidad de soledad que algunos padecen del mismo modo que otros no pueden vivir en ella, no soportan su presencia agobiante, la carencia del otro o los otros que contribuyen a brindar un apoyo que no todos aceptan. Es decir, cada uno tiene su propio requerimiento y sigue siendo el mundo interior el que define y tampoco lo hace de un modo permanente, definitivo…
Debemos aceptar las características de la gente mayor, al menos de 50 años que se separa físicamente, cuando sus hijos han crecido y han volado, sin llegar a romper un vínculo que mantienen contra viento y marea, pero que no viven juntos, es decir, que disfrutan la soledad individual, algo tan válido como los que mantienen el vínculo conviviendo juntos en el mismo lugar, porque lo que cuenta es el amor y hay que preservarlo contra viento y marea.
Recurro una vez más a un poeta popular (los buenos son los mejores) para cantarle a la soledad y se trata de Ricardo Arjona, porque no me avergüenza destacar su tratamiento acerca del tema: “La soledad es una ingrata a la que se le va agarrando el gusto con un alto riesgo de acabar enamorado de ella. Es un hotel que no es de nadie, una cama que es mía. Despertarme a las tres de la mañana y no saber donde esta el baño, la soledad soy yo…
Es la gota de agua en la llave del baño que dejaste prendida y no quieres apagar por no sentirte solo. Es como un suplicio ingenioso de la naturaleza que hace que nos encontremos con nosotros mismos para poder valorar a los demás. La soledad soy yo… en compañía del pasado. La soledad es una malvada insoportable y maravillosa que me gusta no sé bien por qué.
La soledad es entender por fin que no hay mejor compañía que la soledad. La soledad, la compañera, la del miedo, la de los futuros inciertos, la del camino, la búsqueda…”

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