Alvaro Madrigal

Alvaro Madrigal

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Jueves 14 Enero, 2016

No visualizaban gravedad alguna en el desequilibrio fiscal, tanto como que en octubre de 2014 autorizaron un presupuesto extraordinario que disparó el gasto público al alza

De cal y de arena

La Parsimonia marca Solís

¡Ah carajo, se le metieron las cabras al Presidente de la República! Su sobresalto es consecuencia de la grave postración que registran las finanzas gubernamentales, alarmante realidad que meses atrás ni él ni su cancerbero hacendario admitían, como lo pusieron de manifiesto en las repetidas ocasiones en que se resistieron a imponer la contención del gasto público en los rubros que lo disparan y a proponer ajustes en tributos antes del transcurso de los primeros dos años de su administración. No visualizaban gravedad alguna en el desequilibrio fiscal, tanto como que en octubre de 2014 autorizaron un presupuesto extraordinario que disparó el gasto público al alza (un 19% más, la tasa de expansión más abultada en años), y a las universidades y al mundo de los beneficiarios de las anualidades y demás gollerías en los regímenes de pago del sector público. Se les legitimó la orgía presupuestaria, que no otra cosa fue aquella bendición en medio de las graves circunstancias fiscales reinantes. O sea, que la quiebra de las finanzas públicas —un legado de los gobiernos Arias y Chinchilla— la administración Solís la tomó a la ligera, tanto como que despreció los elementos básicos del saneamiento fiscal que le propusieron los diputados de oposición y algunos del PAC: recortar el gasto en simultaneidad con el aumento de la carga tributaria. Dentro de la misma desafiante conducta, el proyecto de presupuesto para 2016 margina la sensatez y autoriza un incremento de gastos cercano al 5%, con un déficit financiero superior al 5% y una expansión global del desequilibrio de ¢7,1 billones a ¢8 billones.
Así gestionados tan alegremente los presupuestos gubernamentales, viene el presidente Solís con las de Poncio Pilatos y advierte a los costarricenses la semana pasada que por causa del déficit existente es que vivimos en situación de “alerta roja” y que urge tramitar cambios en las leyes tributarias, como si él y su equipo no hubiesen atizado la hoguera. El ministro Fallas Venegas le hace segunda y toca las campanas de alarma advirtiendo a los diputados en carta del 16 de diciembre que “tenemos una emergencia fiscal” y que se avecinan serias dificultades en el flujo de caja de la hacienda pública para los primeros meses de 2016, incurriendo en la ligereza de abogar por la tramitación de unas leyes que dice van a mejorar la recaudación y la eficiencia en el gasto pero que no comprometen decisión alguna que extirpe el dispendio. Es un presupuesto en el que los gastos corrientes crecen un 6% en contraste con una inflación del 0%, reduce los gastos de capital un 11,2%, incrementa las remuneraciones en el Poder Ejecutivo un 7,9%, avienta las transferencias a las universidades un 7,32% y las totales un 6,7%. Son disposiciones incoherentes con las dimensiones de la emergencia fiscal que ahora sí ven el Presidente y el Ministro, incompatibles por lo demás con la vocación de austeridad y parsimonia de que deberían hacer gala para ganarse la confianza y demostrar autoridad moral ante los actores políticos y sociales con los que debe forjar los acuerdos mínimos requeridos para evitar lo que indefectiblemente sería un colapso financiero, social y político.