Bruno Stagno

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Lunes 16 Junio, 2014

Si la administración Obama pensaba que podía tomar distancia de Irak, desafortunadamente la (i)lógica de entonces aún tiene una larga cola


La larga cola de (i)lógica de Rumsfeld

El 12 de febrero de 2002, el entonces secretario de defensa de Estados Unidos, Donald Rumsfeld, pronunció una frase ahora célebre: “As we know, there are known knowns; these are things that we know that we know. We also know there are known unknowns; that is to say we know there are some things we do not know. But there are also unknown unknowns, the ones we don't know we don't know”.
Pronunció estas palabras como parte de los preparativos para invadir Irak, bajo falsos supuestos, con aliados cooptados, virreyes incompetentes y sin estrategias de salida más que la falsa proclama de “misión cumplida” pronunciada por el presidente George W. Bush el 1° de mayo de 2003 sobre el portaviones USS Abraham Lincoln a pocas millas de San Diego.
En su reacomodo de lo conocido/sabido y desconocido/ignorado, Rumsfeld sutilmente evitó incluir en la secuencia a los “unknown knowns”, es decir, lo que ya se conoce o sabe pero que se desconoce o ignora conscientemente.
Desde que inició la invasión de Irak el 20 de marzo de 2003, la situación en Irak ha demostrado una y otra vez que la administración Bush cometió un catastrófico error estratégico y político porque se dejó llevar por una agenda antojadiza, basada en ideología e inteligencia hecha a la medida, y no por las realidades y necesidades que dictaban los hechos.
Tras destinar más de $25 mil millones en asistencia militar a Irak desde 2003 —sin contar los $2,2 millones de millones que gastó Estados Unidos en sus propias operaciones militares según un estudio del Watson Institute de Brown University— los resultados son más que desalentadores.
El movimiento yihadista Estado Islámico de Irak y el Levante (EIIL) está a las puertas de Samarra, a 125 kilómetros al norte de Bagdad, y lleva ya más de seis meses amenazando desde Fallujah, a escasos 75 kilómetros al oeste. La caída sorpresiva de Mosul, la segunda ciudad más poblada de Irak, el pasado 11 de junio hace pensar que la caída de Bagdad, aunque altamente improbable, ya no es imposible.
Más de un analista independiente —aquellos que no se dejaron intimidar por el nefasto e incauto triunvirato conformado por Dick Cheney, Condolezza Rice y Rumsfeld— alertó a la administración Bush de la ilógica que se estaba poniendo en práctica: las armas de destrucción masiva no eran tales y las alianzas entre Al-Qaeda y Saddam Hussein eran ficciones inventadas en Washington. Gracias a esa (i)lógica, y no a pesar de ella donde probablemente buscarán refugio los responsables, estamos actualmente asistiendo a la descomposición territorial de Irak, donde ya existen diversos protoestados, incluyendo uno kurdo al noreste, uno sunnita creado por EIIL al oeste, y uno chiíta en lo que va quedando de Irak.
Si la administración Obama pensaba que podía tomar distancia de Irak, desafortunadamente la (i)lógica de entonces aún tiene una larga cola: la factura le seguirá saliendo muy cara por largo rato.

Bruno Stagno Ugarte